SENSATOS Y PRUDENTES EN ESPERA DEL SEÑOR

En el proyecto creador y salvador de Dios, las personas no están destinadas a la muerte, sino a la vida plena y definitiva. La comunidad cristiana que aún ve en la muerte la interrupción de la vida y un final inseguro, no ha alcanzado la plenitud de la fe, por no haber comprendido la calidad de la vida que Jesús comunica. No estamos amenazados de muerte. Estamos “invitados a la vida”.

 

Una Parábola de Mateo. Este domingo se nos propone el tema de la vigilancia con la parábola de las vírgenes prudentes, frente a las negligentes y descuidadas, que esperan la llegada del esposo para celebrar su boda. Son doncellas amigas de la novia que han sido invitadas para que con sus lámparas encendidas acompañen a la novia a su llegada al banquete nupcial.

En el tiempo de Jesús, lo habitual era que la boda se celebrara en la casa del novio. Éste acudía a la casa de la novia para recogerla y llevarla a su propia casa.  En esta ceremonia el novio era recibido por muchachas que acompañaban a los novios desde la casa paterna de la novia a su futuro hogar.  Como este recorrido tenía lugar de noche, se preparaba un cortejo con lámparas de aceite. 

Según la costumbre del tiempo y la hospitalidad oriental, era impensable que alguien quedara fuera de la celebración. Esta parábola, exclusiva de Mateo, está tomada, de los hechos de la vida cotidiana.  Jesús se preocupa que sus seguidores acojan el Reino que llega con la alegría con la que se celebra una boda. Hemos de abrirnos a la realidad del Dios de Jesús: un Dios Padre / Madre, que prepara una fiesta para recibirnos, que quiere la felicidad de toda la humanidad.

Valor de la prudencia

En la biblia la prudencia significa ante todo sabiduría. El Libro de los Proverbios señala que “el hombre prudente procede con Sabiduría” y nos dice también que “el sabio de corazón es llamado prudente” (Prov. 13). La primera Lectura de hoy, Sab. 6, 12-16: señala “es prudencia consumada darle primacía a la Sabiduría en los pensamientos”. Sabiduría no es saber mucho, acumular conocimientos. 

Es ver las cosas a la luz de la sabiduría de Dios; es ver la vida con los ojos de Dios. Sabiduría es quitarnos los lentes turbios que solemos llevar, y que nos hacen ver las cosas de acuerdo a la mentalidad del mundo; sabiduría es ponernos los lentes brillantes de Dios, que nos permitan ver el camino a seguir, para poder actuar con la prudencia a la que nos invitan las lecturas de hoy.

Sensatos y vigilantes

Sensata es la persona que escucha la Palabra de Jesús y la pone en práctica. La fe, la esperanza, la práctica del amor, son el “aceite” que no puede faltar a quienes desean seguir a Jesús. Un “aceite” que se consume constantemente y que hay que renovar.  La sabiduría no es sólo esperar, también es buscar, desear, salir al encuentro.

El retraso de la vuelta de Jesús no puede llevarnos al adormecimiento, al descuido, a la apatía, a la rutina y la improvisación...  Al contrario, la certeza de su venida debe impulsarnos a un compromiso activo, a iluminar el tiempo que nos toca vivir. Aunque no nos demos cuenta vivimos en espera del Señor, que puede llegar en cualquier momento para iniciar su Fiesta Eterna. Pero para poder entrar a esa Fiesta –todos somos invitados- tenemos que preparar nuestras lámparas llenas de aceite, es decir llenas de virtudes y de buenas obras.

La propuesta de Pablo

En la 2ª lectura San Pablo nos invita a ser sabios frente a la realidad de la muerte. Ante la luz de la fe, la muerte no es motivo para “vivir tristes, sino para vivir en esperanza”, pues la muerte es el paso necesario para el encuentro definitivo con el Señor y para la resurrección que tendrá lugar al final de los tiempos.

San Pablo nos dice: “a los que murieron en Jesús, Dios los llevará con él”. El Señor nos llevará a esa meta, que él nos ha prometido: el Reino de los Cielos. Claro: siempre y cuando estemos con la lámpara encendida, que vivamos la justicia, que perseveremos en el bien. No es de extrañar, entonces, que Jesucristo nos presente la prudencia como un requerimiento para entrar al Reino de los Cielos, cuando nos cuenta la famosa parábola de las vírgenes necias, que acabamos de leer en el Evangelio de hoy. (Mt. 25, 1-13).

Vivir confiando en Dios.

Ante la venida de Jesús no hemos de angustiarnos. Estar preparado es vivir el presente con responsabilidad, con fe y nuestra esperanza que se traducen en obras de amor.  Todos tenemos el mismo destino: “estar siempre con el Señor” (2 lectura), en el banquete que nos está preparando y que debemos ayudar a preparar. No importan el día ni la hora. Dios no actúa según nuestro reloj. Nos basta saber que siempre llega, que siempre está.  Como siempre el mensaje de Jesús nos llena de alegría, de consuelo y de esperanza. “La muerte es el último amén de la vida presente y el primer aleluya de la vida definitiva.”

Mantener encendida la luz.

Jesús está hablando de la luz que ilumina en las tinieblas. Vivir de manera consciente y ser sabios y no necios significa vivir en la luz, incluso cuando es de noche. Y esa luz es, ante todo, la fe. En el rito del bautismo el neófito recibe la candela que representa la luz de Cristo. Es un don, pero también es responsabilidad de cada uno mantener viva esa llama para que siga brillando. Nuestra lámpara ilumina si la alimentamos con la oración, con la escucha de la Palabra, con la participación en los sacramentos.

Es importante reafirmar nuestra opción por el bien; disponiéndonos a vivir la verdad, la justicia, la compasión. Hay que hacerle caso a la propia conciencia, ya que con frecuencia consideramos que los intereses (el bienestar, el dinero, el éxito social, el disfrutar la vida) son los únicos bienes reales y contables.

Esa vida despreocupada y comodona enreda nuestra existencia y nos conduce a la ruina, como advierte el mismo Jesús: “Tengan cuidado de no dejarse aturdir por los excesos, la embriaguez y las preocupaciones de la vida, para que ese día –cuando nos llame– no caiga de improviso sobre ustedes” (Lc 21, 34). La conclusión es clara, “Estén, pues, preparados, porque no saben ni el día ni la hora” (Mt. 25, 13).

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