FIESTA DE TODOS LOS SANTOS

Las Lecturas de hoy nos indican una meta y un camino. La meta:  nuestra salvación, nuestra felicidad eterna. El Camino que nos lleva a esa meta es el Camino de la Santidad, el Camino de las Bienaventuranzas que nos relata el mismo Jesucristo en el Evangelio de este primero de noviembre, que cambia las lecturas, que corresponderían al domingo 31 del tiempo ordinario. (Mt. 5, 1-12).

 

“La marca con el sello en la frente” que recibirán los salvados y de la cual nos habla la Lectura del Apocalipsis (Ap. 7, 2-4 y 9-14) es para” los servidores de nuestro Dios”, como también lo dice esa Primera Lectura.

¿Y quién es “servidor de Dios”?  Aquél que cumple la Voluntad de Diosaquél que busca hacer la Voluntad de Dios y no su propia voluntad.

Ya en esto de ser “servidores” de Dios, vamos viendo cómo es el Camino de la Santidad, ese Camino que nos lleva a la salvación, que nos lleva a alcanzar la felicidad eterna en el Cielo.  Se trata de vivir esa mística, esa mentalidad y sobre todo esa actitud de servir a los demás, como Cristo nos ha enseñado.

Ser servidor es ser “esclavo”, aunque ahora trate de evadirse ese vocablo por su significación sociológica.  Pero ¡qué apropiada es esa palabra para la vida espiritual!

El esclavo es aquél que no tiene voluntad propia, sino que hace lo que su dueño le indica y le pide.  Eso es lo que han sido los Santos: “servidores de Dios”.  Eso es lo que han hecho todos los Santos con “S” mayúscula, reconocidos por la Iglesia como Santos.  Y es también lo que han hecho todos los santos anónimos que hoy recordamos en esta Solemnidad de Todos los Santos.

Ellos han seguido el Camino... y nosotros también estamos llamados a seguirlo:  Todos - sin excepciónTodos estamos llamados a ser Santos.   Dice el Catecismo de la Iglesia Católica, basándose en el llamado de Cristo: “Todos los fieles de cualquier estado o régimen de vida son llamados a la santidad”.

Pero la palabra “santidad”, a veces nos intimida y hasta nos asusta, porque nos parece ¡demasiado!  Sin embargo, recordemos que no sólo es posible llegar al Cielo, sino que es ése el deseo de nuestro Padre Dios y de Jesucristo, Su Hijo, y de Su Santo Espíritu.  Para eso hemos sido creados por Dios Padre, para eso vino Jesucristo a redimirnos, para eso contamos con todas las gracias del Espíritu Santo.

La santidad es una exigencia evangélica que nos recuerda también el el Magisterio de la Iglesia. 
“Sed perfectos como Mi Padre es perfecto” (Mt. 5, 48). 
“Así como el que los ha llamado es Santo, así también ustedes sean santos en toda su conducta” (1a.Pe. 15). 
“Todos los fieles de cualquier estado o régimen de vida ... son llamados a la santidad” (CIC #2013).

Pero nos parece la santidad algo inalcanzable.  ¿Y por qué lo ha de ser?  ¿Acaso no somos nosotros exactamente iguales a todos los que han llegado a ser Santos?  ¿No somos iguales a tantos santos anónimos, tal vez personas conocidas nuestras, y hasta parientes o familiares, que han respondido al llamado del Señor a seguir Su Camino, para llegar a la meta de la salvación?

Sepamos que la santidad para cada uno de nosotros no es imposible:  es perfectamente alcanzable. Y es compatible con los que hacemos en el día a día de nuestras vidas, si lo hacemos buscando el bien.  Tenemos claro que no es una tarea sencilla ni fácil. 

La Santidad es un camino difícil y complicado.  Pero no por difícil es algo imposible.  Sabemos que Dios nos quiere santos.  Y si Dios nos quiere santos, sabemos que él nos dará todas las gracias, es decir, todas las ayudas que necesitamos para lograrlo.

¿Qué se requiere entonces para ser santos?  Si Dios nos da las gracias, ¿qué es lo que nosotros debemos poner?  ¿En qué consiste nuestro esfuerzo?  Nuestro esfuerzo para alcanzar la santidad consiste en responder a esas gracias de santificación que nos ayudan en nuestro Camino hacia el Cielo. Ser santo es hacer la Voluntad de Dios con la ayuda de sus gracias.  Ser santo es tratar de ser como Dios quiere que seamos.  Es desear lo que Dios desea para nosotros.  Es hacer lo que Dios quiere que hagamos. 

Es reconocer a Dios como nuestro Dueño y no creernos independientes de El.  Es preferir la Voluntad de Dios en lugar de la nuestra.  Es decir “sí” a Dios y decirme “no” a mí mismo. Decíamos que la Santidad es posible, pero que no es fácil.  Y en el Evangelio de hoy vemos descrito el Camino de la Santidad como el Camino de las Bienaventuranzas. 

Las Bienaventuranzas nos muestran que el Camino de la Santidad nunca es un camino sencillo, es más bien un camino que implica sacrificios y hasta sufrimiento, pues aun aquellas que no se refieren directamente al sufrimiento, lo incluyen indirectamente.

Por ejemplo, para ser misericordiosos, mansos, limpios de corazón y para ser realmente pacíficos, debemos luchar contra nuestra propia voluntad y aceptar con serenidad situaciones complicadas que nos hacen sufrir. El sufrimiento no nos gusta, pero está incluido en el Camino de Santidad, y en la vida humana en las diferentes circunstancias.

Hermanos todos, el Señor nos llama a vivir en santidad, a caminar en el bien, a vivir los valores del Reino de Dios, expresados en el evangelio, en los mandamientos y en el ejemplo de tantas personas con virtudes y con sentido común que nos encontramos por todas partes. 

Pero hay otra cosa que debemos tomar en cuenta. Es posible ser santos; ahí están los miles y miles que nos han dejado su ejemplo y que nos ofrecen su intercesión y ayuda. Y recordemos también que Dios desea que seamos santos. El nos brinda su ayuda para que podamos lograrlo, nos da todas las gracias que necesitemos.  

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