VENGAN A MI LOS CANSADOS Y FATIGADOS

El evangelio de este domingo 14 del tiempo ordinario, es una conclusión del llamado discurso apostólico o de la misión, que se sitúa después del llamado a los doce apóstoles. Es una acción de gracias que Jesús dirige al Padre, porque ha revelado los misterios del Reino a la gente sencilla. De muchas formas Jesús nos enseña que los seres humanos tenemos una tarea fundamental en la vida: ser felices y luchar para que quienes caminan con nosotros en la vida puedo serlo también. Podemos decir que este es el gran sueño de Dios para la humanidad.

 

Yo te alabo, padre, señor del cielo y de la tierra

El texto del evangelio no sólo dice que Jesús oraba, también indica el contenido de su oración. Se trata de un grito espontáneo de alegría, de admiración y de acción de gracias... Un himno de alabanza y de bendición al Padre por su gran bondad. En la vida de Jesús la acción de gracias y la alabanza ocupan un lugar fundamental. Es importante preguntarnos si sabemos alabar a Dios y agradecerle su bondad y su misericordia. Tal vez necesitamos momentos de silencio y reflexión que nos ayuden a descubrir a Dios en todos los acontecimientos, en las personas y en todo lo que nos rodea; es importante entrar en contacto con él, para que, admirados por su bondad, podamos agradecerle como lo hizo Jesús.

Porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos

 A los sabios, a los cultos, a los racionalistas, a los que no creen en nada que no sea comprobable, a los que necesitan “ver para creer”.  San Pablo decía a los griegos, que ponían mucho interés en la búsqueda del saber humano: “Si entre ustedes alguno se considera sabio, según los criterios de este mundo, considérese que no sabe, y llegará a ser verdaderamente sabio.  Pues la sabiduría de este mundo es necedad a los ojos de Dios” (1 Cor. 3,18-20). 

Pero Dios se revela, en cambio, a la gente sencilla, a los que entienden y aceptan a Jesús, a los que están convencidos de la necesidad de Dios; y por lo mismo son gentes que saben escuchar, saben admirarse y sorprenderse de sus obras en la vida de cada día. Las personas sencillas tienen armonía interior, serenidad y paz en sus relaciones con los demás, una profunda sabiduría y una fe estimulante y activa. Encuentran descanso y sosiego en Jesús y en aspectos sencillos de la vida diaria, y son felices. Esta sencillez es ante todo sabiduría, pero también madurez humana y espiritualidad profunda.

Se trata de un don que sólo puede venir de Dios, y de nuestra colaboración sencilla y constante a esa gracia divina. Por ello Jesús alaba al Padre del cielo y de la tierra, porque esconde estas cosas –esta manera de entender la vida y también de vivirla- a los sabios y entendidos y las revela a la gente sencilla.  (Cf. Mt 11, 25)

Jesús nos muestra su íntima relación con el Padre.  Nos ofrece el mejor retrato de Dios cuando a lo largo de toda su vida le vemos perdonando, curando, salvando, perdonando. Es siempre cercano y compasivo con todos, pero en especial con quienes son despreciados por la sociedad. Jesús es un modelo a seguir. Vivir como él vivió es la fuente de auténtica felicidad para nosotros mismos y para los demás. Por ello nos ha dicho: “Yo soy el camino, la verdad y la vida” (Jn 14, 6).

En el Evangelio Jesús dice a sus discípulos: “Vengan a mí los que se sienten cargados y agobiados, porque yo los aliviaré. Jesús invita a acudir a él a quienes a quienes se sienten agobiados por la carga, a los que sufren dolor y miseria; y a todos promete consuelo y alivio. San Agustín decía que las cargas más pesadas en la vida de los seres humanos son los pecados. Jesús nos dejó el sacramento de la confesión para liberarnos del pecado y darnos consuelo y paz.

Carguen mi yugo sobre ustedes

Jesús nos libera de nuestra carga del mal y del pecado, pero nos invita a compartir su yugo: “Tomen mi yugo sobre ustedes y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y encontrarán alivio, porque mi yugo es suave y mi carga ligera”.  (Mt 11, 30). Estas palabras del Señor son sumamente alentadoras, nos dan confianza en los momentos de aflicción y de dolor. Cargar con el yugo de Jesús es seguirle y aprender de Él. El yugo de Jesús, su propuesta es llevadera, es fuente de alegría; no es impuesta por la fuerza, sino que brota del amor.

Libera de cargas pesadas y reclama sólo lo verdaderamente importante: la búsqueda de la justicia y la práctica del amor, al estilo del amor del Padre. Jesús cambia, y nos invita a que cambiemos, el yugo de la ley, por el yugo suave ligero y liberador de la Buena Noticia. San Agustín nos dice que el yugo que Jesús nos ofrece, no es un peso para quien lo lleva, sino alas para que podamos volar. La cruz que nos toca a cada uno, nos permite remontarnos a Dios. En esta visión, las dificultades y los obstáculos normales que encontramos en la vida adquieren un sentido diferente. Cuando estamos junto a Cristo, nuestra cruz, se convierte en la cruz de Cristo.

Jesús nos dice “mi yugo es suave”. Cuando nuestro camino sigue de cerca las huellas de Jesús, es un camino lleno de alegría, de esperanza, de paz, aunque estemos siempre cerca de la cruz. Los cristianos, tenemos en nuestras vidas, como todos, momentos de dolor, de enfermedad, de preocupaciones. Si en esos momentos, aceptamos, el dolor, la enfermedad o las dificultades y las ofrecemos a Dios, no serán para nosotros motivo de opresión.

Tengamos confianza, porque el Señor no va a permitir que llegue a nosotros una carga que no podamos sobrellevar acudiendo a El en demanda de ayuda. Si alguna vez tropezamos con una contrariedad mayor, entonces El nos dará mayor gracia para sobrellevarla. En la carta a los romanos, que escuchamos hoy, San Pablo nos señala el camino para seguir de verdad a Jesús y poder alcanzar así la paz y la verdadera felicidad. Nos exhorta a vivir conforme al Espíritu, que vive en nosotros.  

 

No podemos estar sujetos al desorden egoísta, ni hacer de él nuestra regla de conducta, pues quienes viven de ese modo, ciertamente se dañan y destruyen. Por el contrario, si con la ayuda del Espíritu vamos dejando atrás las malas acciones y avanzamos cada día hacia el bien, entonces nuestra vida será plena. La salvación es don de Dios, pero supone nuestra colaboración, nuestra respuesta a ese magnífico regalo del Señor.

 

 

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