VELEN Y ESTEN PREPARADOS

Hoy comienza el tiempo de Adviento y, con él, un nuevo año litúrgico: la Iglesia inicia el año con este período de cuatro semanas, recordando los siglos en los que Dios fue preparando a su pueblo para que su Hijo se encarnara y viniera a habitar entre nosotros.

 

Al celebrar anualmente la liturgia del Adviento, la Iglesia actualiza esta espera del Mesías. Participando en la larga preparación de la primera venida del Salvador, los fieles renuevan el ardiente deseo de su segunda Venida.

A través del Adviento, que se extiende a lo largo de cuatro semanas, Jesús nos pide prepararnos interiormente, nos invita a purificar nuestra conciencia, a abrir nuestro corazón y a recibirlo con los brazos abiertos. “Vigilen sobre ustedes mismos para que sus corazones y sus mentes no estén ofuscados, ni confundidos por los múltiples afanes de esta vida”. En este primer domingo del ciclo B es el evangelista San Marcos quien nos narrará a lo largo de todo un año la vida de Jesús de Nazaret.

Las Lecturas de este tiempo de Adviento nos motivan a vivir el gran anhelo de la venida del Mesías que existía en el pueblo de Israel, durante el Antiguo Testamento.  Ellos esperaban a Aquél que vendría para salvar a la humanidad. 

Vemos este anhelo en la lectura de Isaías. Las palabras del profeta son una súplica llena de urgencia con la que quisiera -por así decirlo- adelantar la venida del Salvador: “Ojalá rasgaras los cielos y bajaras estremeciendo las montañas con tu presencia”.  Isaías 63, 17.

La respuesta a ese profundo anhelo del profeta y de los santos del antiguo testamento, fue el nacimiento del Mesías, pues esa primera venida del Hijo de Dios -su venida histórica- tuvo lugar hace más de dos mil años. 

En efecto, Jesús nació, vivió, gozó y sufrió, murió y resucitó en nuestra tierra, en nuestra historia.  Y así ha salvado -ha rescatado- a la humanidad que se encontraba perdida y esclavizada en el pecado.  Ya la salvación esperada fue realizada por Cristo.  Ahora nos toca a nosotros aprovechar esa salvación que nos consiguió el Señor.

Desde su primera venida, la humanidad se encuentra en espera de la “parusía”, es decir, de la segunda venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos. El Adviento es tiempo especial de preparación para esa segunda venida de Cristo. Los clamores por el Mesías en el AT, los sentimos también ahora nosotros, y con ello expresamos un profundo anhelo y, a la vez, una gran esperanza de la venida gloriosa de Cristo al final de los tiempos.

Pero, mientras estamos a la espera de ese advenimiento, del acontecimiento más importante en la historia de la humanidad- para recibir a Cristo en su segunda venida, es importante que cada uno preparemos nuestro corazón para que el Señor venga ahora a él. Y aquí es donde el Adviento y la Navidad nos ayudarán a lograr este importante propósito.

Jesús nos pide hoy que estemos vigilantes.  Si es así, nuestra espera tendrá recompensa: llegará el Hijo de Dios, hecho Hombre, para enseñarnos el camino de la Salvación. Es importante abrirnos a este tiempo de esperanza total, que nos genera la cercanía de la Navidad. La Iglesia invita a sus hijos para que en todos los momentos de nuestra vida tengamos la misma actitud de expectación que tuvieron los profetas del AT, ante la venida del Mesías.

Considera como una parte esencial de su misión hacer que sigamos mirando hacia el futuro, aun cuando hace más de dos mil años de aquella primera Navidad. Nos alienta y nos invita de muchas maneras a que caminemos con los pastores, aún cuando sea de noche, para que seamos vigilantes y dirijamos nuestra mirada hacia aquella luz, que sale de la gruta de Belén.

Estén prevenidos, nos dice el Señor en el Evangelio. Despierten, nos indica San Pablo. Porque también nosotros podemos olvidar lo fundamental de nuestra existencia. El espíritu del Adviento nos invita a decir: “Ven, Señor, no tardes”. Preparemos el camino para el Señor que llegará pronto; es el momento de quitar los obstáculos y de eliminar las barreras, para lograr ver con claridad la luz que procede de Belén y de Jesús principalmente.

Los verdaderos enemigos que luchan sin tregua para mantenernos alejados del Señor están, sobre todo, en nuestro interior: La inclinación a la comodidad, -ese afán desmedido de placer, tan propio de estos tiempos-. La soberbia que es la raíz y la madre de todo vicio y de todo pecado. En definitiva, nuestros peores enemigos son el demonio y el pecado.

En los manuales de espiritualidad se habla de la concupiscencia de la carne. Se trata de la tendencia desordenada de los sentidos en general, el desorden de la sensualidad-, la comodidad, la falta de fervor y entusiasmo, que empuja a buscar lo más fácil, lo placentero, el camino más corto, aun a costa de ceder en la fidelidad a Dios y en el respeto a los demás.  El otro enemigo es una avaricia de fondo, que nos lleva a valorar solamente lo que se puede tocar, lo contante y sonante.

La soberbia hace que la inteligencia humana, -y la persona-, se considere el centro del universo; se entusiasma tanto con sus logros que cree en aquella trampa del “serán como dioses”; y, al llenarse de amor por sí misma, vuelve la espalda al amor de Dios. Puesto que el Señor viene a nosotros, será importante prepararnos con una confesión llena de amor y de contrición en este tiempo de salvación.

La presencia de Cristo, en este tiempo intermedio entre su estancia histórica en nuestro mundo en medio de nosotros y su próxima venida gloriosa, se da en nosotros por medio de su Gracia.  Su Gracia, que él derrama de muchas maneras, nos viene principalmente a través de los Sacramentos. Los Sacramentos son vías especialísimas, signos visibles, por medio de los cuales Cristo se hace presente y nos salva:   En el Bautismo nos borra el pecado original y da a cada bautizado su Gracia, que es su Vida misma.  En la Confesión nos restaura la Gracia perdida por los pecados cometidos después del Bautismo.  

En la Eucaristía está realmente presente en nosotros y se nos da en forma de alimento para llenar nuestras vidas de su amor y su gracia, fortaleciendo nuestra espiritualidad. Jesucristo también se hace presente con su Palabra, contenida en la Sagrada Escritura. ¡Cuántas veces el Señor nos recomienda la oración! Vigilen y oren en todo tiempo.  Sabemos que además de aconsejarnos nos lo ha enseñado con su propio ejemplo, con su propia vida: recurría siempre a la oración en los momentos más importantes: por ejemplo, antes de elegir a los apóstoles, o de cara a su Pasión.

Se pasaba noches enteras rezando y, en ocasiones, los discípulos tuvieron que venir a buscarlo de madrugada a lugares apartados, donde aprovechaba la tranquilidad para hablar con su Padre. Estaremos alerta a la venida del Señor, si cuidamos con esmero la oración personal y comunitaria. Salgamos con corazón limpio a recibir al Rey supremo, porque está para venir y no tardará, leemos en las antífonas de la liturgia. Nuestra Señora espera con gran recogimiento el nacimiento de su Hijo. Junto a Ella nos será fácil disponer nuestra alma para la llegada del Señor.

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