El año litúrgico va llegando a su fin, y en estos tres últimos domingos reflexionaremos sobre la muerte, o el paso a una vida diferente. La palabra de Dios nos invita a reafirmar nuestra fe en la vida eterna, a creer en Jesucristo, porque él es camino, verdad y vida. La Iglesia, no pretende acorralar entre miedos y amenazas la libertad del ser humano, pero no calla sobre la suerte feliz o infeliz que a todos nos espera después de la muerte, en la casa del Padre, en la que Jesús nos espera.

 

Un futuro incierto    

La realidad es que a todos nos gustaría poder controlar el futuro inmediato y el más lejano, sobre el que siempre se cierne el tema de la muerte. La realidad es que no tenemos ni idea. Nadie ha vuelto para contarnos lo que sucede allá. Pero dentro de nosotros tenemos una fuerza, un sentimiento, que nos hace pensar que no termina todo aquí y que hay algo después de la muerte.

En la misma psicología humana descubrimos la realidad de la vida eterna: todos anhelamos felicidad, saber y plenitud de vida; realidades que aquí nunca serán completas. Alguien dijo “sólo sé que no sé nada”. No se puede saber nada con absoluta certeza, solo estamos seguros de algunas cosas, pero ignoramos muchas. A la vez somos tan frágiles y la felicidad es escurridiza. Si tenemos anhelos tan fuertes de vida, de saber y de felicidad, tendrá que haber otra vida, donde éstas sean plenas.[

]Si Dios es verdaderamente Dios, no puede dejar que nuestra vida caiga en el vacío. Si Dios es de verdad nuestro Padre, no es lógico que la muerte, la desaparición definitiva, sea la única visión o la perspectiva que tenemos hacia el futuro.  Este tema ha estado presente en todas las culturas y en todas las épocas. Se ha expresado sobre todo en la relación con los difuntos. De una o de otra manera, esa relación ha existido y expresa que hay fe, que creemos que los que han muerto, aunque no están con nosotros, están vivos; de otra manera y en otro lugar, pero creemos que están vivos. Nos gustaría estar seguros de ello, pero no podemos.

Jesús nos propone el camino de la confianza.

Jesús tiene una profunda experiencia de Dios, su Padre. Se siente Hijo porque Dios forma parte de su experiencia más profunda y una experiencia cotidiana. Se siente enviado a anunciar la buena nueva: que Dios es padre de todos, que quiere la vida de todas sus criaturas, que es amor, que desea que ese amor llegue a todos, que no hace excepciones ya que acoge a todos y especialmente a los que más sufren, a los marginados, a los que les ha tocado la peor parte en este mundo.

Para Jesús, Dios es un padre amable, capaz de perdonar, de reconciliar, dispuesto a salvar, a sanar y curar a los heridos por la vida. Jesús nos presenta un Dios que no es de muertos, sino Dios de vivos, como acabamos de escuchar en el evangelio. A pesar de lo difícil que es enfrentarse a la propia muerte, Jesús murió poniendo su confianza en Dios. Por eso, fue capaz de reafirmar su fe en el Dios de la Vida, ante los saduceos que le vinieron con una historia novelesca. Jesús dejó claro que Dios es Dios de vivos y no de muertos. Por eso, aunque no veamos, aunque no sepamos, confiamos en Dios y en él ponemos nuestra esperanza.  

Seguramente no pasaremos por una prueba como la de los hermanos Macabeos, de la primera lectura. No se nos pondrá el dilema de comer carne de cerdo o morir para defender nuestra fe. Pero la esperanza el Dios de la Vida y nuestra fe en su Reino se manifestará sin duda en nuestra forma de comportarnos aquí y ahora. El que vive en la esperanza de la resurrección va sembrando vida con sus palabras, sus gestos, sus decisiones... El Señor quiere que seamos signo e instrumento de Vida.

El discípulo de Jesús se sabe hermano y compañero de camino en la peregrinación hacia la casa del Padre. Ahí es donde se juega nuestra fe y nuestra esperanza. Estas virtudes no nos paralizan, ni nos tumban de cara hacia un futuro que no sabemos cuándo llegará; más bien nos activan y nos comprometen con la vida y la esperanza de nuestros hermanos.    

Como dice la segunda lectura, Jesucristo, que nos ha regalado esta gran esperanza, nos dará fuerza para toda clase de palabras y obras buenas. Él nos dará la fuerza y la gracia necesarias para vivir ya aquí y ahora la esperanza de Vida, sin necesidad de acudir a milagreros ni a otras esperanzas falsas y en ocasiones engañosas. La confianza de saber que caminamos hacia Dios, nos impulsa a dar la mano a los demás y avanzar juntos en este camino hacia el Reino. 

Somos lo que somos ante Dios.

Pero no es lo mismo creer en la vida eterna que en la vida larga. Actualmente se practica un frenético culto a la vida larga con toda una ascética casi religiosa: desde aerobics, herbolarios, dietas alimenticias, naturismo... todo eso está bien, pero deja de estarlo cuando reduce el horizonte existencial del hombre, cuando reduce el aprecio y la pasión por la vida a una cuestión meramente de estética o de cosméticos. Sabemos que las arrugas llegarán, a no ser que nos muramos antes.

Confundir la felicidad con una fórmula antiarrugas o con un plan para adelgazar, es cambiar la eternidad por la longevidad, la casa de Dios por el gimnasio o el sauna, la adhesión a la verdadera vida, por el apego a la mocedad, a una vida solamente terrena, que de todos modos se irá. Habrá un momento de gran verdad para todos, un momento en el que llegará la muerte. Entonces, desnudos de poses y de intereses creados, podremos verificar aquello que decía san Francisco: "somos lo que somos ante Dios, y nada más" (Admonición 19).

La eternidad ya ha comenzado para nosotros con la vida. Vivamos teniendo presente esta realidad; esto significa vivir, siendo lo que somos en la mente y en el corazón de Dios; realizando su plan, su proyecto sobre nosotros. Dios no nos miente, ni nos confunde, más bien nos conduce de la mano hacia nuestra vocación, hacia una vida plena con él.

Creemos en la vida eterna.

Nuestro corazón nos reclama que las cosas más bellas, las más amadas, empezando por la vida misma y el amor, no deben tener ocaso. Este es nuestro destino feliz, bienaventurado y dichoso, que ha comenzado el día que nacimos, aunque todavía no haya llegado a su plena manifestación.

Sabemos que hay una vida futura. Sí la hay. La verdadera Vida comienza después de la muerte, y entonces viviremos la fiesta de las fiestas. Esta vida es sólo una preparación para esa otra Vida. Por eso rezamos en el Credo: “Espero la resurrección de los muertos y la vida del mundo futuro”.

Todos estamos llamados a esa plenitud de vida, a la vida eterna en la que viviremos “resucitados”, en una vida distinta a la del mundo presente. Pero no todos llegarán a esa Vida: sólo “los que sean juzgados dignos de ella y de la resurrección de los muertos”. La voluntad de Dios es que todos nos salvemos y lleguemos a esa Vida totalmente feliz en el mundo futuro.

Pero como nos advierte el mismo Jesús sobre el momento de la resurrección de los muertos: “Llega la hora en que todos los que estén en los sepulcros oirán la voz del Hijo de Dios y saldrán los que hayan hecho el bien para una resurrección de vida, pero los que obraron mal resucitarán para la condenación” (Jn. 5, 28-29).

Todos resucitaremos, pero unos resucitarán para la Vida y otros para la condenación. Así que pongamos manos a la obra y aceptemos caminar en el bien, para alcanzar la felicidad eterna.

 

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