El Domund es una fecha en que, de un modo especial, la Iglesia universal reza por los misioneros y colabora con las misiones. Se celebra en todo el mundo el penúltimo domingo de octubre, el “mes de las misiones”. 

La Iglesia tiene la tarea o misión de llevar el Evangelio a todo el mundo. Llamamos “las misiones” a los territorios donde esa misión está comenzando y por eso es necesaria la ayuda personal de los misioneros y la ayuda económica de la Iglesia universal.

 

Presentamos algunas estadísticas básicas: Existen 1.109 Territorios de Misión. Se extienden por África y Asia, las islas de Oceanía y América. El 37% de la Iglesia Universal es Territorio de Misión. Representan 1/3 de la Iglesia católica. Aproximadamente un 44% del trabajo social y educativo de la Iglesia se desarrolla en los territorios de misión.

El 45,70% de la humanidad vive en los territorios de misión. Uno de cada tres bautismos en el mundo se celebra en los Territorios de Misión. Un sacerdote en las Misiones atiende a más del doble de habitantes que un sacerdote de la Iglesia Universal.

En 25 años, la evolución de los territorios de misión y la labor evangelizadora no ha dejado de crecer: 179 nuevos territorios de misión. 1´251,628 bautismos. 21,092 instituciones de asistencia social. 72,295 instituciones educativos.

Como se dijo más arriba, en la actualidad existen 1.109 territorios de misión, son las zonas en las que la Iglesia está en sus inicios y necesitan un apoyo especial.

Son un tercio de las diócesis de todo el mundo y ocupan en 43,13% de la superficie de la tierra. Por encargo del Papa, las Obras Misionales Pontificias, tienen el deber de ofrecer un constante apoyo espiritual y material a estas iglesias jóvenes.

Bautizados y enviados

Los miembros de la Iglesia somos bautizados y enviados. Esta es la idea que está en la base de la gran iniciativa del Domingo Mundial de las Misiones 2019 y del tema que el Papa Francisco ha elegido: “Bautizados y enviados: la Iglesia de Cristo en misión en el mundo”.

Todos somos misioneros, ya que el bautismo no es solo un don que nos incorpora a Cristo, nos hace un Cuerpo en Él, sino que, al mismo tiempo, es un mandato, porque en la fe de cada bautizado reside la bendición salvífica de Dios que quiere extenderse a todos los hombres.

De nuevo, debemos al Concilio Vaticano II el gran redescubrimiento de que la fe del bautismo nos hace a todos profetas, y por eso, misioneros, protagonistas de la vida eclesial y entonces también sujetos de la misión.

En nuestro tiempo la acción misionera asume formas nuevas. Efectivamente, nos encontramos en un momento importante de tránsito del modelo típico misionero, a nuevos modelos que se adaptan a las necesidades del presente. Como en los tiempos de grandes misioneros Dios suscitó este carisma para ir al encuentro de una nueva situación histórica y cultural, igualmente hoy Dios suscita en el Espíritu Santo nuevos carismas para garantizar que la Iglesia continúe siendo sujeto de misión, también en estos tiempos que podrían parecer de crisis.

La invitación es a apoyar con nuestra oración, con ayuda económica y con nuestro compromiso de todos los días en la familia, en la escuela, en el trabajo, en grupos y movimiento eclesiales; que la Iglesia de hoy sea bendición para quienes están lejos de Dios o todavía no lo conocen.

Nuestra ayuda económica apoya la labor evangelizadora y promoción social que hacen los misioneros. Tu cooperación es fundamental para que muchos proyectos se puedan llevar a cabo para bien de miles y miles de seres humanos.

En su mensaje para el Domund 2019, el Papa Francisco nos recuerda que Dios quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad, y a la experiencia de su misericordia, por medio de la Iglesia, sacramento universal de salvación

El evangelio de hoy nos invita a ser perseverantes en la oración.

En medio de tanto sufrimiento, al creyente le resulta cada vez más difícil orar, entrar en diálogo con ese Dios a quien Jesús llama “padre”, para pedirle que “venga a nosotros su reinado”. Desde la noche oscura de ese mundo, en un ambiente de mentira y corrupción, desde la injusticia estructural, resulta cada día más duro creer en ese Dios presentado como omnipresente y omnipotente, justiciero y vengador del opresor.

La oración, cuando es auténtica como la que Jesús nos enseñó y practico él mismo, brota de una fe viva, que la expresa y la alimenta. El problema de la oración es siempre cuestión de fe., trátese de la práctica o de la eficacia de la oración.

Se dice que actualmente hay una crisis profunda de oración entre los creyentes. La razón de esa crisis es porque hay crisis también en la fe, tanto a nivel personal, como comunitario. Hay que alimentar la fe en su fuente, que es la Palabra de Dios, como recomendaba el apóstol Pablo a su discípulo Timoteo.

Hace falta profundizar la visión que tenemos de Dios. En las páginas de la biblia da la impresión de que Dios no es ni omnipotente ni es insensible –al menos no ejerce como tal-, más bien aparece débil, sufriente, padeciendo entre nosotros; el Dios cristiano se revela más dando la vida que imponiendo una determinada conducta a los humanos; camina por la senda sufrida y frustrada de sus pobres, y no a la cabeza de los poderosos.

Constantes y perseverantes en la oración

El cristiano, consciente de la compañía de Dios en su camino hacia el bien, hacia la justicia y la fraternidad, no debe desfallecer, sino insistir en la oración, pidiendo fuerza para perseverar hasta implantar su reinado en un mundo donde dominan otros señores.

La misma experiencia nos enseña que sólo la oración puede hacer que mantengamos esperanza de que el bien es posible, de que, a pesar de tantas situaciones negativas, las cosas pueden mejorar.

No andamos dejados de la mano de Dios. Por la oración sabemos que Dios está con nosotros. Y esto nos debe bastar para seguir insistiendo sin desfallecer. Lo importante es la constancia, la tenacidad. Moisés tuvo esa experiencia.

Mientras oraba, con las manos elevadas en lo alto del monte, Josué ganaba en la batalla; cuando las bajaba, esto es, cuando dejaba de orar, los amalecitas, sus adversarios, vencían.

Los compañeros de Moisés, conscientes de la eficacia de la oración, le ayudaron a no desfallecer, sosteniéndole los brazos para que no dejase de orar.

Y así estuvo –con los brazos alzados, esto es, orando insistentemente-, hasta que Josué venció a los amalecitas. De modo ingenuo se resalta en este texto la importancia de permanecer en oración, de insistir ante Dios.

 

 

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