Las Lecturas de hoy nos hablan de dos sanaciones: una narrada en el Antiguo Testamento -la del leproso Naamán- y otra del Nuevo Testamento -la de los diez leprosos. Con motivo de estos textos es bueno referirnos a las maneras en que Dios puede sanar.  Vemos cómo en la Primera Lectura (2Re. 5, 14-17) el Profeta Eliseo pide al Naamán que vaya a bañarse siete veces en las aguas del río Jordán y, luego de hacerlo -dice la Escritura- “su carne quedó limpia como la de un niño”. 

 

En este caso vemos a Dios sanando a una sola persona (Naamán) a través de un instrumento suyo, el Profeta Eliseo, sin que el profeta esté presente, aunque sí le da instrucciones muy precisas: bañarse 7 veces en un río Jordán.  En el caso de la curación de los 10 leprosos del Evangelio, se trata de una sanación colectiva, hecha directamente por Jesús, (acción de Dios), sin estar él presente mientras la sanación sucedía (recordemos que los leprosos se sanaron mientras iban a presentarse a los sacerdotes).

Vete, tu fe te ha salvado.

Pero hay un segundo aspecto, no menos importante: en las dos lecturas se subraya que uno de los curados da las gracias por el favor recibido. Curación por parte de Dios o de Jesús y acción de gracias por parte del que ha sido curado. Aparece al final una conclusión sorprendente de Jesús: “Vete, tu fe te ha salvado.”    

Primero la curación. No es casualidad que Jesús cure a unos leprosos. Es muy importante ver los tipos de enfermedad que cura Jesús. En este caso, curar a un leproso significa devolver a la sociedad al que había sido marginado y apartado. La lepra era entonces una enfermedad temida porque se suponía que era my contagiosa. Eso hacía que las personas enfermas de lepra fuesen apartadas de la vida social y condenadas a la marginación total.

Los leprosos sufrían marginación moral, social y religiosa.

Los judíos despreciaban a los leprosos, los consideraban impuros, tanto legal como religiosamente, y eran expulsados de la comunidad civil y del culto. Debían vivir en lugares aislados, para no contaminar a los demás. Sufrían marginación moral, social y religiosa. Jesús se acerca a ellos y ellos se acercan a Jesús, a pesar de la prohibición de la ley.

Encontrarse con Jesús es siempre punto de partida, estímulo de esperanza. ¿Preguntémonos si, como cristianos, suscitamos en las personas marginadas y rechazadas, la confianza y la esperanza que encontraban en Jesús o por lo menos alguna sensación semejante?. ¿Nos acercamos a ellas? ¿Con qué actitud?

Jesús, al curar a los leprosos, va mucho más allá de hacer un puro milagro físico. Los reintegra en la sociedad, los convierte en miembros activos de la sociedad. Les indica que se presenten al sacerdote –era el que certificaba la curación y su vuelta a la normalidad– con el fin de que su curación sea también una curación “social”.

Lo mismo se puede decir de Naamán, el sirio. También él, a pesar de ser un personaje importante en su país, corre el riesgo de perderlo todo, de dejar de ser alguien, por haber contraído la odiada enfermedad. La curación le devuelve a su posición social, le hace volver a ser persona, sujeto de derechos y deberes. 

No sé si nosotros podemos curar la lepra de un plumazo, mediante un milagro. No tenemos ese poder. Pero sí podemos hacer del esfuerzo por integrar, por acoger, por luchar contra cualquier forma de marginación; esta debe ser una de las actitudes principales de nuestra vida cristiana.

Entonces, nos pareceríamos a Jesús que acoge a todos, que integra, que no margina a nadie, que con todos habla, con todos se sienta y dialoga, que no tiene miedo de frecuentar las malas amistades porque a todos ofrece el reino, la presencia viva del amor de Dios que quiere sentar a todos sus hijos e hijas en torno a la única mesa del banquete de la vida, sin excluir a nadie, sin que nadie, por ninguna razón, se quede fuera. 

Ser agradecidos por el don recibido    

Pero hay otro tema en estas lecturas que también es importante para nuestra reflexión y para llevarlo a la práctica en nuestra vida cristiana. Es el agradecimiento. Naamán, el sirio, se siente curado y de su corazón brota la necesidad de volver a presentarse ante el profeta y ofrecerle un regalo, un signo no sólo de lo bien que se siente sino de su reconocimiento a lo que el profeta ha hecho por él.

La respuesta del profeta le lleva a darse cuenta de que ha sido Dios mismo, su gracia, su fuerza, quien ha obrado el milagro. Y a él se vuelve agradecido: en adelante no reconocerá a otro Dios más que al Señor. Naamán se ha dado cuenta de que la vida, y todo lo que ella conlleva, es don de Dios. 

Lo mismo se puede decir del leproso, sólo uno de los diez, que vuelve a dar gracias a Jesús. Ha experimentado igualmente que su curación ha sido un don gratuito de Dios, que le ha recreado y le ha devuelto a la vida, lo ha reintegrado a la sociedad, y le ha permitido ser una persona como los demás. Dice el evangelio que volvió “alabando a Dios a grandes gritos”.

Reconocer la salvación de Dios

Debía pensar que Jesús era un gran profeta, pero su punto de referencia estaba centrado en Dios, el creador, el todopoderoso, que en lugar de destruir y aniquilar se goza en regalar vida y esperanza, amor y misericordia. El mismo Jesús lo confirma en sus palabras finales. Este leproso es el único que ha vuelto “para dar gloria a Dios”.  Ante él, ante Dios, no hay pago posible. No se pueden comprar los dones de Dios. Sólo queda la acción de gracias, vivir agradecidos.

Y para concluir, las últimas palabras de Jesús. La salvación no es fruto del milagro. El milagro es la acción de Dios que transforma a la persona. Pero la salvación no se produce automáticamente. Necesita de la colaboración de la persona. Necesita que la persona acoja la acción de Dios y reconozca en él al que le ha dado la vida y todo lo que tiene.

La salvación se produce en esa misteriosa complicidad entre la acción de Dios y la respuesta de fe de la persona. Ahí brota la fe y la salvación. Ni es sólo acción de Dios ni es sólo fruto del compromiso o esfuerzo humano. Son los dos, Dios y cada persona, mano a mano, los que obran la salvación.

Jesús contagia salud y vida.

La terapia que Jesús pone en marcha es su propia persona: su amor apasionado a la vida, su acogida entrañable a cada enfermo o enferma, su fuerza para regenerar a la persona desde sus raíces, su capacidad de contagiar su fe en la bondad de Dios.

Su poder para despertar energías desconocidas en el ser humano crea las condiciones que hacen posible la recuperación de la salud. La curación que suscita la llegada del reino de Dios es gratuita, y así la tendrán que regalar también sus discípulos.   Cf.  José Antonio Pagola.

 

JSN Megazine template designed by JoomlaShine.com