Las lecturas que la liturgia nos propone este domingo 25 del tiempo ordinario, nos invitan a reflexionar sobre el tema de la riqueza que, si bien es un don de Dios, puede convertirse frecuentemente en una trampa para nosotros mismos y para los demás. Vivimos en una sociedad que valora de manera exagerada los bienes materiales, pone el tener por encima del ser, lo externo por encima de lo interior. Debemos preguntarnos seriamente cuál es el verdadero valor de las riquezas, ¿en verdad son la fuente de la felicidad?

 

Cuando nosotros, discípulos de Jesús, acudimos a la Iglesia para celebrar la Eucaristía y fortalecer nuestra fe en los valores del Reino de Dios, estamos manifestando que queremos llenar nuestro corazón y nuestra vida toda con otro tipo de valores, sin descartar el valor que puedan tener las cosas y los asuntos que nos ocupan a lo largo de la semana.

No podemos servir a dos señores

Sin embargo, no es posible que podamos unir en una misma escala los valores espirituales y los materiales porque, como señala Jesús en el evangelio, no podemos servir a Dios y al dinero. En realidad, tenemos que aprender a usar este último como una herramienta, pero nunca como un valor supremo.  Las lecturas de este domingo nos ofrecen luces interesantes para formarnos una visión adecuada de los valores del Reino de Dios y el valor relativo de las cosas y el dinero.

El capítulo 16 del evangelio de San Lucas nos propone dos interesantes parábolas: la del llamado administrador infiel (o astuto) y la del rico Epulón, buscando por medio de estas historias ofrecernos recomendaciones adecuadas sobre el buen uso de las riquezas, para que los discípulos de Jesucristo, sepamos huir de la fuerza seductora que generan los bienes materiales

Las dos parábolas tienen acentos diversos. Sin embargo, ambas buscan señalar el peligro que significa el afán desmedido de los bienes de este mundo, especialmente cuando les damos un valor exagerado. En cambio, ambas parábolas nos invitan a abrirnos a los valores del Reino de Dios, que ya actúa en medio de nosotros a través de Cristo y de la palabra misma de su Evangelio.

La visión del profeta Amós

El profeta levanta su voz contra las injusticias sociales y las diversas manipulaciones; contra los comerciantes abusivos, ya que detrás de su riqueza se esconden graves injusticias, concluyendo que muchos se han enriquecido a base de explotar a los pobres, como señala el profeta Amós: “Disminuyen las medidas, aumentan los precios, alteran las balanzas, obligan a los pobres a venderse; por un par de sandalias los compran y hasta venden el salvado como trigo”.   (Am 8, 5-6).

Esta primera lectura nos muestra precisamente esa manera de vivir de quienes idolatran el dinero, es decir que le dan una importancia exagerada. Se trata de conductas egoístas, con las que se busca a toda costa el enriquecimiento, incluso cometiendo abusos y engañando a los demás, sin importar sus derechos y sus necesidades elementales.

Dios, por otra parte, propone un camino muy diferente para encontrar la felicidad. La oración colecta que acabamos de hacer dice: “Dios nuestro, que el amor a ti y a nuestro prójimo has querido resumir toda la ley, concédenos descubrirte y amarte en nuestros hermanos…”

Lo que de verdad nos llena, lo que nos hace mirar el mundo con otros ojos, lo que realmente nos hace ser personas, es el amor. De modo que, quien vive invadido por el amor no es egoísta, no busca las riquezas con un afán desmedido, no engaña a sus semejantes, como señala el Apóstol Pablo: “El amor es comprensivo, el amor es servicial y no tiene envidia; el amor no es presumido ni se envanece; no es grosero ni egoísta; no se irrita ni guarda rencor; no se alegra con la injusticia, sino que goza con la verdad. El amor disculpa sin límites, confía sin límites, espera sin límites, soporta sin límites. (1Cor 13, 4-7).

¿Cómo hacer un uso adecuado del dinero y las cosas?

Sabemos que no podemos vivir sin el dinero; cada día lo necesitamos: para la comida, la ropa, la vivienda y para satisfacer todas nuestras necesidades. Entonces, ¿cómo entender la frase del Señor, que nos dice “no pueden servir a Dios y al dinero”?, ya que todos los días necesitamos usar el dinero para poder vivir con dignidad.

Jesús no pretende, de ninguna manera, que vivamos en la miseria, porque ese estilo de vida es degradante. Lo que Jesús no quiere es que le demos al dinero una importancia absoluta, que nuestra vida no esté, digamos, dependiendo solo de los bienes materiales, porque en ese caso seremos totalmente frágiles y estaremos a merced del espíritu del mal, del mismo Satanás; ya nuestra fortaleces se debilitan totalmente.

El dinero es un medio, una herramienta, pero nuestra vida es mucho más que bienes materiales. Por eso el Señor nos dice que busquemos primero el Reino de Dios y su justicia, ya que lo demás lo iremos consiguiendo como una añadidura. (Cf. Mt 6, 36).

La parábola se cierra con una invitación de Jesús a saber usar los bienes para ganar amigos, que más tarde se convertirán en intercesores en el cielo. Jesús afirma que el dinero “tan lleno de injusticias” (v 9) puede servirnos para hacer el bien.

Al final del evangelio viene una expresión dura de Jesús: “No pueden servir a Dios y al dinero” (v 13). No hay duda que la riqueza es un riesgo permanente, porque tiende a esclavizar al hombre, absorbiendo con frecuencia todos sus intereses. En esas condiciones, Dios y el tema religioso se vuelve sólo un recurso, o se considera simplemente como un accesorio, un adorno. En ocasiones se ve a Dios como adversario al que hay que ignorar y dejar a un lado.

Crear fraternidad  

En la primera lectura el profeta Amós usa palabras duras: ¡Ay de aquel que abuse de su hermano! ¡Ay del que haga de los bienes una muralla que le impida la fraternidad!. El Señor no olvidará sus acciones porque el Padre de todos quiere que vivamos en fraternidad.

Romper e impedir la fraternidad no sólo es el mayor pecado, sino que además lleva consigo la peor de las condenas: la muerte en soledad, el aislamiento y no poder encontrar paz interior, ni el sentido último de la propia existencia.

Es tiempo de levantarnos y ponernos en marcha. Es tiempo de usar lo que tenemos al servicio de la fraternidad. Lo mío no es sólo mío; de alguna manera es también de los demás, pues las necesidades de los demás valen más que cualquier título de propiedad.

Que las enseñanzas que el Señor nos ofrece a través de esta Eucaristía y la participación en el misterio de la pascua, transformen nuestros corazones y nos hagan más cercanos a los demás, más fraternales y solidarios.

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