EL PADRE NUESTRO, COMPENDIO DEL EVANGELIO

La palabra de este domingo nos invita a profundizar en la oración, como camino que nos conduce a Dios y a una vida centrada en el amor y el bien. Las lecturas nos ofrecen varios tipos de oración. La Primera Lectura (Gn. 18, 20-32) nos presenta a Abraham intercediendo por los habitantes de Sodoma y Gomorra, tratando de impedir la destrucción de estas dos ciudades, al intentar presentarle a Dios diez hombres justos, para que, en atención esas personas buenas y santas, Dios no destruyera estas dos ciudades. Se salvaron solamente Lot y su familia, era tan generalizada la perversión, que no había ni siquiera diez hombres justos.

 

 En el Salmo (Sal. 137) damos gracias a Dios por haber escuchado nuestras oraciones: Te damos gracias, Señor, de todo corazón.  En la Segunda Lectura (Col. 2, 12-14) sí aparece un justo: Jesucristo, el Justo entre los justos, que salva a la humanidad entera, con su Pasión y su Muerte en la cruz.  “Ustedes estaban muertos por sus pecados. Pero El les dio una nueva vida con Cristo, perdonándoles todos los pecados”.  Si bien “el documento cuyas cláusulas nos condenaban” ha sido eliminado con la muerte de Cristo, sin embargo, para poder aprovechar la condonación de esta deuda, cada uno de nosotros deberá colaborar respondiendo a la gracia de Dios.

El Evangelio (Lc 11, 1-13) contiene varias partes: primeramente, está el Padrenuestro.  En esa oración que Jesús nos dejó están contenidas varias formas de oración: 

= Oración de Alabanza:  Padre Nuestro, que estás en el Cielo, santificado sea tu nombre.

= De Contrición para pedir perdón. Perdona nuestras ofensas como nosotros perdonamos.

= Oración de Petición: Venga tu Reino.  Danos hoy nuestro pan de cada día.  No nos dejes caer en tentación. 

El Padrenuestro

En las siete peticiones del Padrenuestro están contenidos los bienes fundamentales que hemos de pedir. Las tres primeras peticiones tienen por objeto la gloria de Dios: la santificación de su nombre, la venida del reino y el cumplimiento de la voluntad divina. Las otras cuatro peticiones presentan al Padre nuestras necesidades: están referidas a nuestra vida, nuestro alimento y nuestra curación del pecado. El Evangelio nos lleva a reflexionar sobre la oración del Padrenuestro, la oración perfecta porque fue el mismo Cristo quien la enseñó a sus discípulos y a toda su Iglesia, que la reza en todo el mundo en forma incesante.

Cuando decimos santificado sea tu nombre, estamos pidiendo la gloria de Dios. Es la mayor alabanza que podemos hacer al Creador, porque lo reconocemos como santo. Este es el primer bien, el fundamental que contiene a todos los demás bienes. Con esta primera petición, el Señor nos enseña que debemos desear más la gloria de Dios, que cualquiera de nuestros intereses.

En la segunda petición pedimos que venga a nosotros tu Reino. Tres cosas: El reino de Dios en nosotros, la gracia santificante en nuestras vidas. El Reino de Dios en la tierra; la Iglesia y todo el bien que existe en el mundo. Y el Reino de Dios en el Cielo, que es la bienaventuranza eterna. Pedimos tres cosas. Tener aquí en la tierra la gracia de Dios. Que los valores de su Reino se extiendan por el mundo, para salvación de todos. Y pedimos llegar un día a la vida eterna. En la tercera petición, que está recogida en el Evangelio de San Mateo, pedimos al Señor que se haga su voluntad. Dios tiene trazado un plan en su voluntad, pero este plan debe ser realizado por el hombre. San Pablo dice que la voluntad del Padre es que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento de la verdad.

Pero aquí entra en juego nuestra voluntad libertad. Jesús nos dio ejemplo, cumpliendo la voluntad del Padre. En la Cruz dice «No se haga mi voluntad, sino la tuya». Nuestra oración pide al Padre que nos conceda conocer cuál es su voluntad, para poder amarla y cumplirla.

Pedimos luego a nuestro Padre: «Danos nuestro pan de cada día». No solamente estamos pidiendo el pan material, palabra que en hebreo significaba toda clase de alimentos, para poder sustentar nuestra vida. Pedimos en plural, pedimos «nuestro» pan. «Uno» para «muchos». La pobreza de las Bienaventuranzas nos invita a compartir los bienes. Nos invita a comunicar y a compartir bienes materiales y espirituales, no por la fuerza, sino por amor, para que la abundancia de unos remedie las necesidades de otros.

No pedimos tener almacenado el pan de toda la vida. Pedimos el pan de hoy, con la confianza que mañana lo volveremos a pedir, y nuestro Padre Dios volverá a concedérnoslo. En esta petición estamos pidiendo al Señor que nos dé también el Pan espiritual, el Pan de la Eucaristía o del Pan de la Palabra de Dios. “no solo de pan vive el hombre, sin de toda palabra que sale de la boca de Dios”.

Perdona nuestras ofensas y no nos dejes caer en tentación

Pedimos al Señor que nos perdone nuestros pecados, así como también nosotros perdonamos. El pecado se describe en la Biblia como una deuda que el hombre ha contraído con Dios, y que nosotros tenemos que pagar. Al pedir a Dios que nos las perdone, reconocemos que somos pecadores e incapaces de reparar la ofensa a Dios.

El Señor quiere que primero demostremos que nosotros perdonamos a nuestro prójimo, al exigirnos que para que nuestra oración sea escuchada, antes nos reconciliemos con ellos, perdonándoles cada ofensa que hayamos recibido. Como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden. Ese «como» aparece repetidamente en las enseñanzas de Jesús. «Sed perfectos como es perfecto su Padre Celestial». «Les doy un mandamiento nuevo, que se amen como los he amado». Solo participando de la vida de Dios, podemos perdonar o amar como El perdonó y amó. “No nos deje caer en la tentación». Esta petición va a la raíz de la anterior, porque la causa de nuestros pecados son las tentaciones. No es pecado sentir la tentación y la inclinación al mal, sino consentir voluntariamente en ella. Por eso pedimos no caer.

Pidan y se les dará, llamen y se les abrirá

Jesús nos invita a pedir con perseverancia, sin desanimarnos nunca, casi como cansando a Dios. Dios no nos dará siempre lo que le pedimos o en la forma en que se lo pedimos, pues no sabemos lo que realmente nos conviene. Pero nos dará espíritu santo, es decir, una visión más clara de su voluntad y, al mismo tiempo, ánimo para cumplirla.

El Señor dice que «Al que llame a la puerta, se le abrirá». «Si Dios no abre de inmediato, no es porque le guste hacernos esperar. Si debemos perseverar en la oración, no es porque sea necesario un número determinado de invocaciones, sino porque se requiere cierta calidad, cierto tono de oración. Si fuéramos capaces de presentarla de entrada, sería inmediatamente escuchada.

San Pablo dice que la oración es el gemido del Espíritu Santo en nosotros. Pero la repetición es necesaria para que esta oración se abra camino en nuestro corazón de piedra. Repitiendo con perseverancia el Padrenuestro o el Avemaría, lograremos rezarlo en un tono que se armonice con el deseo de Dios, pues ha salido del corazón de Dios. La oración perseverante deja atrás el egoísmo y se convierte en verdadera oración, es decir, que nos eleva y nos acerca a Dios.

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