TODOS SOMOS EVANGELIZADORES

Las lecturas de este domingo 14 del tiempo ordinario nos hablan de la confianza en Dios y de nuestro compromiso como evangelizares. En la Primera Lectura del Profeta Isaías (Is. 66, 10-14) se nos habla de la confianza en Dios y se nos ofrece una imagen dulce y hermosa, pero a la vez muy concreta y expresiva de cómo debe ser esa confianza. 

 

se nos describe esa imagen: “Como un hijo a quien su madre consuela, así los consolaré yo.  Como niños serán llevados en el regazo y acariciados sobre sus rodillas”. La palabra del profeta nos invita a una confianza total en Dios: como un niño en los brazos de su madre, que sabe que todo lo tiene, pues la madre sabe todo lo que necesita su niño. 

El Salmo invita a confiar en Dios: “Admiremos las obras del Señor, los prodigios que ha hecho por los hombres”.  O también: “Las obras del Señor son admirables”.  Este Salmo recuerda dos portentos que Dios hizo para el pueblo de Israel, mostrándoles su poder sobre la naturaleza: el paso del Mar Rojo (cf. Ex. 14) y el paso del Jordán (cf. Jos. 3).

Envió a los 72 discípulos.

San Lucas, (10, 1-12. 17-20) después de hablar de la misión de los Doce, relata que el Señor envío otros 72 discípulos. Representan a los cristianos laicos. Todo bautizado es misionero; desde el momento de nuestro bautismo somos miembros de la Iglesia de Cristo, con la misión de evangelizar, por mandato de Jesús. Quiso el Señor, que ustedes vayan a prepararle el terreno para que quien no lo conoce le abra las puertas de su casa y de su corazón.

Cuando escuchamos hablar de misioneros o evangelizadores, pensamos en sacerdotes, religiosos, catequistas o dirigentes de grupos. En los 72 que el Señor envió delante de él, están cada uno de ustedes los laicos, enviados a anunciar la Buena Noticia.  El anuncio del evangelio, necesita el testimonio de vida, además de la de predicación. Somos responsables de actualizar el mensaje de Cristo, primero con la vida, y después con la palabra.

El evangelio habla de misioneros itinerantes, como eran necesarios en las primeras épocas de la Iglesia. Hoy también hay que llevar el mensaje a otros lugares. Cada uno tenemos un lugar y un ámbito dónde testimoniar nuestra fe: La familia, el trabajo, la escuela, la política, etc.

Como ovejas entre lobos

El Señor nos envía como ovejas en medio de lobos. Los caminos de Dios no son los caminos de los hombres. El mundo tiene un estilo, una manera de ser y ciertos criterios que nada tienen que ver con la escala de valores del cristianismo. Por eso Jesús nos dice que nos envía como ovejas en medio de lobos, para que sepamos que corremos peligros.

¿Qué nos diría el Señor hoy, cuando los tres últimos Papas nos están enviando a re-evangelizar el mundo?  Como en tiempos de Cristo, en estos tiempos hay lobos feroces también.  Así y todo, hay que evangelizar.  Jesús hablaba de una oveja perdida que él fue a buscar, dejando 99 seguras en el redil.  Pero el Papa Francisco cambia la proporción: “Tenemos una oveja ¡y nos faltan 99!  Salgamos a buscarlas... (Fco. 18-6-13)

Evangelizar es rescatar a las 99 ovejas que están perdidas en tantos errores convertidos en “verdades”. La extendida creencia en el mito de la re-encarnación.  Creer que Dios es una especie de spray que está por todos lados y que no se sabe qué ni quién es. Hablan de un Dios “energía”. Estos son errores contra la fe. 

Moralmente tenemos hogares rotos con su estela interminable de problemas, violencia y crímenes, violación de los derechos más básicos; lo que antes era bueno ahora es malo y lo malo ahora es bueno…En este mundo están las 99 ovejas enredadas y en peligro de que las agarren los lobos.

¿Qué hacer entonces? 

Igual que los discípulos que Jesús envió como corderos en medio de lobos”, debemos confiar, no en nuestra propia fuerza, sino en el poder de Dios. Convertirnos en instrumentos de Dios.  Confiar que Dios puede realizar prodigios a través de “corderos”, y a pesar de los “lobos”.

 ¡Pero es que yo no sé Teología! Cierto que no podemos quedarnos con lo que aprendimos para la Primera Comunión.  Pero no hay que ser teólogos para evangelizar.  Debemos, sí, prepararnos un poquito cada día, leyendo la Sagrada Escritura, el Catecismo de la Iglesia Católica, libros, revistas y sitios web de formación católica, etc., hay que prepararse para defender la Verdad que es Cristo.   

Pero lo más importante es llevar al Señor en nosotros y que así llegue a los demás.  Hay que llenarnos de él en la oración y en la recepción de los Sacramentos, ya que nos van haciendo instrumentos dóciles en las manos del Señor, para que El pueda actuar a través de nosotros.

El apóstol tiene la tentación de creer que el trabajo de evangelizar, de llevar la Palabra de Dios a los demás, es obra suya, olvidándose de que es solamente instrumento de Dios, pues es Dios mismo quien actúa en él y a través de él, para hacer su labor en medio del mundo.

Ser instrumentos de Dios

Ser como una trompeta por la cual pasa el aire.  Quien sopla y hace la melodía es Dios. Nosotros somos instrumentos.   Los discípulos regresaron “llenos de alegría”.  Lo que más les entusiasmó era que los demonios se sometían al nombre de Jesús. El Señor les aclara:  Es cierto que les di poder “para vencer toda la fuerza del enemigo y nada les podrá hacer daño.  Pero no se alegren de que los demonios se les someten.  Alégrense, más bien, de que sus nombres están escritos en el Cielo”. 

Así como a los 72, Jesús nos envía hoy a nosotros.  Nos envía, nos instruye y nos equipa.  Nos dice qué hacer y qué decir.  Debemos alegrarnos, no porque los demonios puedan sometérsenos, sino porque nuestros nombres están escritos en el Cielo. Pero recordando siempre:  No hay Evangelización, si no hay vida de Dios en nosotros.  La Evangelización –aunque nos preparemos para ésta con los conocimientos adecuados- se basa en tener confianza en Dios, y no en confiar en nosotros mismos. 

Jesús dice: Al entrar en una casa, digan: Que descienda la paz sobre esta casa...... El Reino de Dios está cerca de ustedes.  El Reino de Dios trae la paz, la alegría, el consuelo. La paz del Señor, no es sólo ausencia de guerras. La paz mesiánica es la totalidad de los bienes prometidos por Dios, la plenitud de una vida. Y el Señor nos envía a cada uno de nosotros y nos pide que demos esa paz.

Cuando saludamos deseando la paz de Cristo es Cristo quien comunica su paz. La Palabra de Dios produce por sí misma los buenos frutos en todos aquellos que la reciben con fe. Pero también, quienes la poseen, deben comunicarla a otros.  Por eso en la Misa, nos damos la paz, y no solamente la deseamos. Hoy vamos a decirle al Señor que estamos dispuestos a asumir nuestra tarea para que los valores de su Reino se manifiesten en nuestra realidad; que nosotros lo anunciemos y lo hagamos presente en nuestras vidas.