COMUNIDAD UNIDA EN EL AMOR

Después de la Resurrección del Señor, los apóstoles se fueron de Jerusalén a Galilea. Estaban junto al lago, en el mismo lugar donde tres años antes los llamó Jesús y los invitó a seguirle. Volvieron a su antigua profesión. Jesús los encuentra de nuevo realizando su trabajo. En el Evangelio San Juan, nos dice que eran siete los discípulos que se encontraban juntos. Este número expresa que la tarea es responsabilidad de toda la comunidad.

 

Dice el evangelio que Pedro decide ir a pescar y los demás le siguen. Pero aquella noche no pescaron nada. En la madrugada se presentó Jesús; iba en busca de los suyos para fortalecerlos en la fe, para animarlos cuando las cosas no resultan, Pero Jesús quiere también reforzar la integración del grupo y ayudarles a entender la importancia de la misión que les esperaba.

Los discípulos no se dieron cuenta que era Jesús.

Los discípulos no se dieron cuenta que era Jesús. Están a unos cien metros del Señor. A esa distancia no se distinguen bien los rasgos de una persona, pero pudieron oír sus palabras cuando el Señor levantó la voz y les preguntó: «¿Tienen algo de comer?»  Los discípulos le contestaron: «No» tenemos nada.

Es entonces cuando Jesús decide sorprenderlos con una señal extraordinaria de su presencia salvadora, y les dice: «Echen la red a la derecha de la barca, y encontrarán pesca». Pedro y los demás discípulos echaron la red que pronto se llenó de peces, de manera que no podían sacarla por la gran cantidad que contenía. En ese momento, Juan le dice a Pedro: «Es el Señor».

¡Cuántas veces nos habla el Señor desde la orilla y no le reconocemos! Nos pasa como a los Apóstoles, pero no hacemos como ellos, sino que nos damos el lujo de despreciar las voces y sugerencias del mismo Dios. Y -peor aún- cuántas veces, sabiendo que es él quien nos pide algo, no le hacemos caso.

Jesús está siempre cerca de nosotros

Pero el Señor siempre está a la orilla, esperándonos, esperando que nos desocupemos de “nuestras cosas”, esperando que escuchemos voz y nos decidamos a orientar de verdad nuestras posibilidades y que le demos el rumbo adecuado a nuestra vida. Tal vez el Señor ha esperado decenas de años para ver cuando le hacemos caso.

Pedro, que se había estado conteniendo hasta ese momento porque interiormente ya presentía que era Jesús, salta como impulsado por un resorte. No espera que la barca llegue a la orilla. Se ciñó la túnica y se tiró al agua. Los otros discípulos volvieron a la costa con la barca, arrastrando la red colmada de peces.

Fue el amor de Juan lo que le ayudó a distinguir primero al Señor en la orilla. Se trata de ese amor que ve lejos, que capta las delicadezas, que facilita el conocimiento y la sabiduría. Aquel apóstol adolescente fue quien exclamó antes que todos: «Es el Señor».

Sin mi nada pueden hacer

Durante toda la noche, los apóstoles habían trabajado inútilmente. Perdieron el tiempo. Por la mañana, en cambio, cuando llegó la luz, cuando Jesús estuvo presente, cuando iluminó a todos con su Palabra, cuando orientó su trabajo, las redes llegaron repletas a la orilla.

¡Cuántas veces nos desgastamos pescando por nuestra cuenta en el mar de nuestro quehacer cotidiano, en medio de preocupaciones y asuntos, de presiones diversas, sin escuchar al Señor y sin dejarnos guiar por él ¡Cómo se nos olvida que debemos buscar primero el Reino de Dios y que todo lo demás se nos dará “por añadidura” (Lc. 12, 31), todo lo demás se nos dará como bonificación extra, si buscamos primero a Dios y hacemos su Voluntad.

Nuestro drama como cristianos comienza cuando nos alejamos de Cristo en la vida diaria. Cuando por falta de amor al Señor se nubla nuestro horizonte y hacemos las cosas como si Dios no existiera, como si Jesús no estuviera cerca de nosotros. Como si Cristo no hubiera resucitado. Se trata del ateísmo práctico, de hacer todo por la libre, ignorando los criterios de la verdad y el bien. Ahí tenemos las consecuencias y los enredos de nuestra sociedad.

Comió con los discípulos

Dice el evangelio que pescaron 153 peces y se impresiona San Juan, uno de estos pescadores, porque “a pesar de que eran tantos, no se rompió la red”. Además, Jesús dijo a los discípulos: vengan a almorzar. ¡Qué delicadeza del Señor! Los invita a desayunar. En la Ultima Cena les sirvió lavándoles los pies. Aquí el Resucitado tiene preparadas las brasas para cocinar lo que habían pescado y pan además para acompañar el almuerzo.

El Señor sabe que tiene que fortalecer la fe de sus discípulos, y hacerlos pescadores de hombres; es por eso que no sólo les cocina, sino que come también con ellos, para que se den cuenta que no es un espíritu (Lc. 24, 39), que ha vuelto a la vida. Pero Jesús no tiene ahora la misma vida que tenía antes, sino una vida gloriosa. ¡Es Cristo Resucitado, anuncio de nuestra futura resurrección!  Y no sólo comparte con ellos este desayuno playero en el lago, sino que aprovecha esta aparición, este encuentro, para dejarles instrucciones importantes.

Apacienta mis ovejas

A Pedro le pregunta: “¿Me amas más que éstos?”. Y no se lo pregunta una sola vez, sino tres; triple requerimiento de amor ante la triple negación que le hizo durante la Pasión. Y Pedro se entristeció.  ¿Por qué el dolor de Pedro? sin duda recordó cuando le dijo a Jesús que estaba dispuesto a morir por él, cuando le aseguró que nunca lo negaría. Tal vez confió en sus propias fuerzas y tuvo miedo de correr la misma suerte que Jesús. Se dio cuenta sin duda de la seguridad que ahora el Señor le pedía cuando lo estaba dejando como encargado del rebaño: “Apacienta mis corderos. Apacienta mis ovejas”.

Y ¿nosotros qué?

¿Podemos decirle al Señor que lo amamos, que estamos dispuestos a hacer su voluntad, sin importar lo que nos pida? Dios tiene muchos caminos para nosotros: En las tareas pastorales, económicas, educativas, políticas Jesús nos enseña que en todos los caminos hemos de ser verdaderos servidores.  De alguna manera todos somos pastores y guías de los demás, en la Iglesia en la familia, en la escuela o en la empresa y hasta en el grupo de amigos o en otros ambientes. Hemos de ser servidores positivos, incluyentes, animadores generadores de espacios comunitarios.

 Pero también estamos llamados a ser ovejas fieles. Tal vez quiere Dios que dejemos esas actitudes equivocadas o pecaminosas a las que estamos atados sin poder darle sentido a nuestra vida. ¿Podremos responderle como Pedro tres veces, sí te amo, Señor?

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