EL HIJO PRODIGO

Las lecturas de este Cuarto Domingo de Cuaresma continúan con el tema de la conversión, idea central de toda la Cuaresma.  El Evangelio nos trae la muy conocida parábola del Hijo Pródigo.

 

La Primera Lectura del Libro de Josué (Jos. 5, 9-12) nos presenta la celebración de la primera Pascua de los hebreos ya en la Tierra Prometida.  “Todo lo viejo ha pasado.  Ya todo es nuevo” (2 Cor. 5, 17-21), nos dice San Pablo en la Segunda Lectura. En efecto, atrás quedó la purificación de 40 años en el desierto y el maná como alimento diario.  Dios ha perdonado las infidelidades de su pueblo y les ha dado un suelo del que comerán frutos sacados de la tierra.

En el Evangelio, también “lo viejo pasa y ya todo es nuevo” al regresar el hijo pródigo a la casa del padre y al ser perdonado por ese padre ejemplar de esta bella historia, con el cual Jesús trata de describirnos cómo es su Padre, nuestro Padre, nuestro buen Dios. Pero ... ¡cuántas veces no nos hemos escapado de Dios, huido de El ... y hasta hemos hecho como el hijo pródigo, el cual tuvo la osadía de pedir su herencia antes de irse de la casa de su padre! 

¡Qué lección tan bella nos ha dejado Jesús en su Evangelio con esa historia del hijo pródigo, para explicarnos cómo es con nosotros nuestro Padre, Papá Dios. (Lc. 15, 1-3 y 11-32). Esa parábola, junto con la de la oveja pérdida, nos habla con maravillosa elocuencia sobre el Amor y la Misericordia de Dios.  La del hijo pródigo tal vez sea una de las parábolas más conocidas del Evangelio. 

El hijo que gastó toda una herencia, que ni siquiera le correspondía.   Es la historia de cada uno de nosotros cuando hemos desperdiciado las gracias que Dios nuestro Padre nos ha dado, y que ni siquiera merecemos.

El hijo, lleno de egoísmo, de deseos de libertad, sin pedir opinión - menos permiso- y sin importarle cómo se sentiría su padre, se va de la casa con el mayor desparpajo.  Y ya sabemos la historia.  Tenía que sucederle lo que le sucedió: despilfarró todo y llegó a la indigencia total.  Era tanta su necesidad que quiso comer de la comida de los cerdos, pero no lo dejaban.  No le quedó más remedio que regresar a casa. ¡Cuántas veces no hemos hecho nosotros lo mismo con nuestro Padre Dios!

Nos hemos ido de su lado, en busca de independencia, sin contar con lo que son sus deseos e instrucciones.  Deseos e instrucciones que son para nuestro bien.  Deseos e instrucciones que solemos pensar son para limitarnos, molestarnos o causarnos inconvenientes. Peor aún es nuestra falta de agradecimiento para con Dios.  Y nuestra falta de consideración.  ¡Todo lo que nos ha dado y nos sigue dando en gracias! Y  ¡cómo las despilfarramos!  Además, ¿hemos pensado alguna vez  cómo se ha sentido nuestro Padre con nuestra huída de casa?

Y no nos digamos -para aplacar nuestra conciencia o para jugar a ser teólogos- que Dios no siente.  No sentirá como nosotros, pero es un hecho cierto que es el mismo Jesús, Dios Hijo, Quien nos cuenta esta historia -inventada por El para enseñarnos cómo es Su Padre, nuestro Padre. 

Y dentro de esa historia inventada y contada por Jesús, El nos da a conocer algunos detalles del corazón paterno de Dios, entre éstos, el dolor del padre y la nostalgia por la falta de su hijo. Regresa el hijo a casa y la verdad sea dicha que no regresa por amor, sino por pura necesidad.  Y aquí nos da Jesús la escena más conmovedora:  “Estaba todavía lejos cuando el padre lo vio y se enterneció profundamente.  Corrió hacia él y, echándole los brazos al cuello, lo cubrió de besos.”   ¡Cuántas veces no se habría asomado el padre triste al camino para ver si por acaso al hijo se le ocurría regresar! 

¡Cuántas veces no se asoma nuestro Padre Dios y nos ve descarriados por los caminos de nuestra indiferencia para con El, de nuestras preferencias por todo lo que nos aleja más de la casa y, triste, se vuelve para otearnos desde lejos en algún otro momento! Es lenguaje figurado, pues Dios conoce hasta nuestros más insignificantes movimientos y nuestros más íntimos pensamientos.  Podríamos decir que nos tiene “en pantalla” constantemente.

Y lo que esperaba de su padre el hijo que regresa, no sucede.  El hijo temía el rechazo de parte de su padre.  Pero no.  ¡No recibe lo que merece su culpa!  No hay reprensión, ni el más mínimo reclamo; sólo amor, perdón y ternura.  Lo mismo pasa cuando nosotros, cual “hijos pródigos”, nos levantamos de nuestro error, de nuestras andanzas lejos de casa y decidimos regresar.

Por eso hemos cantado en el responsorio del Salmo: Haz la prueba y verás ¡qué bueno es el Señor! ¿Qué sucede, entonces, si arrepentidos, pedimos perdón a Dios en el Sacramento de la Confesión?  Dios nos perdona, y nos perdona de tal manera, que ni siquiera nos reclama, ni nos pone a pagar lo que despilfarramos.  Sin tomar en cuenta nada, nos invita a comenzar de nuevo. 

Todo es amor y ternura para con el hijo que vuelve.  Ropas nuevas que se nos dan con la absolución de nuestras culpas en la Confesión. Y celebraciones y fiesta, “porque este hermano tuyo estaba muerto -muerto por el pecado- y ha vuelto a la vida, estaba perdido y lo hemos encontrado”.

Por cierto, San Pablo en la Segunda Lectura (2 Cor. 5, 17-21) nos habla del “ministerio de la reconciliación”, clara alusión al Sacramento de la Confesión. 

En efecto, el Catecismo de la Iglesia Católica así lo ve, y al referirse a esta cita de San Pablo, (CIC #1442) nos dice que Cristo “confió el ejercicio del poder de absolución a los obispos y sacerdotes, que están encargados del ‘ministerio de la reconciliación’, de lo que nos habla precisamente San Pablo. 

El Apóstol es enviado ‘en nombre de Cristo’ y ‘es Dios mismo’ quien, a través de él, exhorta y suplica: ‘Déjense reconciliar con Dios´.

Y termina San Pablo su súplica a todos nosotros de arrepentimiento y confesión de esta manera: “Les suplicamos que no hagan inútil la gracia de Dios que han recibido... Este es el momento favorable, éste es el día de salvación” (2 Cor. 5, 1-2).  La Cuaresma es tiempo propicio para convertirnos y “volvernos justos y santos”, como también nos pide San Pablo en esta lectura (2 Cor. 5, 21).

Cristo instituyó el sacramento de la Penitencia en favor de todos los miembros de su Iglesia, pero en especial para los que, después del Bautismo, hayan caído en el pecado grave y así hayan perdido la gracia bautismal y lesionando la comunión eclesial.

El sacramento de la Penitencia nos ofrece una nueva posibilidad de convertirse y de recuperar la gracia de la justificación. Los Padres de la Iglesia presentan este sacramento como "la segunda tabla (de salvación) después del naufragio -del pecado- que es la pérdida de la gracia" (Tertuliano, paen. 4,2).  (1446).

 

 

EL HIJO PRODIGO Y EL PADRE MISERICORDIOSO

La parábola del hijo pródigo presenta tres personajes, el padre y sus dos hijos.  Es posible que nosotros tengamos buenas razones para sentirnos parcialmente identificados con cada uno de los tres. Pero detrás de las personas hay dos proyectos de vida bastante diversos. Ambos hijos viven en paz, son agricultores muy ricos; por tanto, tienen con qué vivir y su vida parece buena.

En primer lugar, el padre. Tenemos la costumbre de llamar a esta parábola la del hijo pródigo, pero probablemente fuera mejor que habláramos de la parábola del padre misericordioso. Porque es, sin lugar a dudas, la actitud misericordiosa del padre la que constituye el centro de atención de todo el relato. Lo que realmente sobresale es el inmenso amor del padre que sabe perdonar tanto los desvaríos del hijo pequeño como los engreimientos del hijo mayor. No cabe duda  que, en esa persona del padre, Jesús ha querido reflejar a Dios mismo. No es menos cierto que en la actitud de ese padre amoroso podemos ver reflejada nuestra propia experiencia: cuando queremos de verdad a alguien, somos capaces de perdonar sus errores y sus ofensas.

Segundo Personaje: El hijo menor. Normalmente, sin embargo, llamamos a esta parábola la del hijo pródigo para poner el acento sobre nuestra responsabilidad personal, cuando nuestra conducta nos aleja de Dios. Este segundo personaje, el hijo menor nos presenta, en efecto, una especie de radiografía del pecado, que consiste en usar lo que hemos recibido de Dios (la existencia, la inteligencia, el cuerpo, el mundo...) sin contar con Él. Pero ese hijo menor representa un modelo de conversión, de cambio de conducta para la renovación de la amistad con Dios.

Profundicemos en la vida del hijo joven. El hijo más joven siente que esta vida es aburrida, que no le satisface. Piensa que no puede vivir así para siempre: levantarse cada día a la misma hora; después, según las tradiciones de Israel, una oración, una lectura de la Biblia; luego, el trabajo y, al final, otra vez una oración. Así, día tras día; él piensa: no, la vida es algo más, debo encontrar otra manera de vivir en la que sea realmente libre, en la que pueda hacer todo lo que me agrada; una vida libre de estas normas, de los mandamientos de Dios, de las órdenes de mi padre; quisiera estar solo y que mi vida sea totalmente mía, con todos sus placeres. En cambio, ahora es solamente trabajo.

Así, decide pedir su herencia y marcharse. El padre muy respetuoso y generoso; respeta la libertad de su hijo: es él quien debe encontrar su proyecto de vida. Y el joven, como dice el evangelio, se va a un país muy lejano. Probablemente lejano desde un punto de vista geográfico, porque quiere un cambio, pero también desde un punto de vista interior, porque quiere una vida diferente. Ahora su idea es: libertad, hacer lo que me agrade, no reconocer las normas de un Dios lejano, no estar en la cárcel de esta disciplina de la casa, hacer lo que me guste, lo que me agrade, vivir la vida con toda su belleza y su plenitud.

Y en un primer momento todo iba bien: siente que es hermoso vivir a su gusto, se siente feliz. Pero, poco a poco, siente también el aburrimiento. Y al final queda un vacío cada vez más inquietante; se da cuenta que, continuando de esa forma, su vida se aleja cada vez más. Todo resulta vacío: también ahora aparece de nuevo la esclavitud de hacer las mismas cosas. Y al final el dinero se acaba. Aquel joven se da cuenta finalmente que su nivel de vida está por debajo del de los cerdos, ya que ellos comen y él ya no tiene ni para comer.

Comienza a pensar

Entonces comienza a recapacitar y se pregunta si esa es realmente vida: una libertad interpretada como hacer lo que me agrada, vivir sólo para mí; o si, en cambio, no sería quizá mejor vivir para los demás, contribuir a la construcción de la sociedad, al crecimiento de la comunidad humana… Así comienza un nuevo camino, un camino interior y realmente humano. El muchacho reflexiona y comienza a ver que era más libre en su casa, donde era propietario también él, y colaboraba en la construcción de la casa y de la sociedad, sabiendo cuál era la finalidad de su vida, y el proyecto que Dios tenía para él.

En este camino interior, en esta maduración de un nuevo proyecto de vida, viviendo también el camino exterior, el hijo más joven se dispone a volver para recomenzar su vida, porque ya ha comprendido que había tomado el camino equivocado. Se dice a sí mismo: debo volver a empezar con otra idea, con otra visión, debo recomenzar.

Decide regresar

Y llega a la casa del padre, que le dejó su libertad para darle la posibilidad de comprender interiormente lo que significa vivir, y lo que significa despilfarrar la vida. El padre, con todo su amor, lo abraza, le ofrece una fiesta, y su vida recomienza. El hijo comprende que precisamente el trabajo, la humildad, la disciplina de cada día genera vida y libertad auténtica. Así, vuelve a casa interiormente madurado y purificado: ha comprendido lo que significa vivir.

Ciertamente, en el futuro su vida tampoco será fácil, las tentaciones volverán, pero él ya es plenamente consciente de que una vida sin Dios no funciona: falta lo esencial, falta la luz, falta el porqué, falta el gran sentido de ser hombre. Ha comprendido que sólo podemos conocer a Dios por su Palabra. Los cristianos podemos añadir que sabemos quién es Dios gracias a Jesús, en el que se nos ha mostrado realmente el rostro de Dios.

El joven comprende que los mandamientos de Dios no son obstáculos para la libertad y para una vida bella, sino que son las señales que indican el camino que hay que recorrer para encontrar la vida. Comprende que también el trabajo, la disciplina, vivir no para sí mismo sino para los demás, alarga la vida. Y precisamente este esfuerzo de comprometerse en el trabajo da profundidad a la vida, porque al final se experimenta la satisfacción de haber contribuido a hacer crecer este mundo, que llega a ser más libre y más bello.

Tercer Personaje

Si nos fijamos en el tercer personaje, podríamos también llamar a esta parábola la del hijo engreído o “bueno” entre comillas. En ese hijo mayor, en el que Jesús simboliza a los fariseos envidiosos o recelosos ante el trato de Jesús con los pecadores, también podemos reconocernos todos un poco. Llama la atención el alarde que este hijo hace de su propia fidelidad. Y probablemente sea cierto.

El problema es que su permanencia en casa no le ha ganado la confianza ni la alegría de su padre; en realidad él esperaba el reconocimiento y la recompensa por sus servicios y por seguir en la casa. A este hijo, con sentido legalista de la justicia y sin sentido de la misericordia, el padre le señala que hay que hacer fiesta y alegrarse por el hermano que regresó.

El hijo mayor, que permanecía en casa también necesitaba “volver a casa” y comprender de nuevo qué significa la vida, que sólo se vive verdaderamente con Dios, con su palabra, en unidad con su familia y con la sociedad. Nuestras situaciones son diversas, y cada uno tiene su mundo. Podremos estar cercanos también a este tipo de vida y la invitación del evangelio es a cambiar, a salir del egoísmo y el individualismo para vivir con sentido de familia y de vida comunitaria.

Exhortación final

Hemos sido creados por Dios en una familia, en una sociedad;  vivamos una relación madura con los demás, sirviendo con sentido social y en actitud solidaria. De esa manera encontraremos el sentido a nuestra vida, como Jesús nos ha enseñado. El hombre es una criatura en la que Dios ha impreso su imagen, una criatura que es atraída al horizonte de su amor y su gracia, pero también es una criatura frágil, expuesta al mal; sin embargo, como vimos en la parábola,  el ser humano es capaz de hacer el bien y de corregir el rumbo cuando se ha equivocado.

Y, por último, el ser humano es una persona libre. Debemos comprender lo que es la libertad y lo que es sólo apariencia de libertad. Podríamos decir que la libertad es un trampolín para lanzarse al mar infinito de la bondad divina, pero puede transformarse también en un plano inclinado por el cual deslizarse hacia el abismo del pecado y del mal, perdiendo así también la libertad y nuestra dignidad. Hoy aprendimos el camino para levantarnos si caemos y para seguir adelante.

 

 

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