EL SEÑOR NOS INVITA A LA CONVERSION

La Primera Lectura (Ex. 3, 1-15) nos habla de Dios que guía a su Pueblo a través del desierto, rumbo a la tierra prometida. Destaca el tema de la identidad de Dios que se presenta como “Yo-soy“. Habla de la naturaleza y la esencia de Dios, que existe por Sí mismo y desde toda la eternidad. Dios siempre fue, es y siempre será. No depende de nada ni de nadie.

 

Los demás seres deben su existencia a Dios y dependen de él. Dios es la “Causa Primera” de todos los demás seres. Los demás seres proceden de otro; Dios no. Dios se basta a Sí mismo. Dios subsiste por Sí mismo y no tiene límites. Es el “Ser increado”; mientras nosotros somos creados. Es, además, el “primer Ser”, de donde derivan su existencia todos los demás. Es, también, el “Ser independiente”, nosotros dependemos de El.

Nos comportamos como si fuera todo al revés, como si pudiéramos vivir a espaldas de Dios. Nos creemos grandes, poderosos, independientes; cuando en realidad somos creaturas dependientes, pequeñas y limitadas. Gran lección de humildad meditar sobre los atributos divinos contenidos en esa misteriosa frase: “Yo soy”.

El desierto y la conversión

Dios prepara la salida de su pueblo de la opresión de los egipcios para hacerles atravesar el desierto durante 40 años, antes de llegar a la tierra prometida. Y ese recorrido por el desierto tiene como fin ir purificando sus costumbres, ir domando su rebeldía, ir desapegando su corazón de los ídolos y los bienes. El paso por el desierto no sólo fue para llevar al pueblo de Dios a la tierra prometida, sino para educarlo y convertirlo en verdadero pueblo de Dios.

La cuaresma tiene para nosotros sentido de conversión. Dios nos ama como somos, nos ama demasiado para dejarnos así. Por eso nos llama a la conversión, especialmente en este tiempo de Cuaresma, y nos hace pasar por las vicisitudes del desierto. El paso por el desierto es una ruta de desapego, de cambio, de conversión, para llegar a la dependencia de Dios, de quien se identificó como “Yo soy”, el Ser Supremo, independiente, infinito, de quien dependemos totalmente.

La historia del pueblo de Israel en el desierto es muy parecida a la nuestra, porque tenemos vaivenes entre la obediencia a la Voluntad Divina y el reto a Dios, entre la confianza en la Providencia y el reclamo, entre la fidelidad a Dios y la idolatría.

La advertencia de San Pablo

En la 2a lectura, Pablo (1 Cor. 10, 1-12), recordando los favores que Dios hizo a los hebreos en el desierto, nos advierte contra una seguridad un tanto atrevida que solemos tener por el hecho de pertenecer al “nuevo” pueblo de Israel que es la Iglesia de Cristo. La pertenencia a la Iglesia que comienza con el bautismo y continúa con los demás Sacramentos, no es garantía de salvación. No basta esa pertenencia “oficial”. Hemos de comportarnos de forma diferente a los israelitas en el desierto. Tal vez nuestros ídolos no son “becerros de oro”, pero son ídolos por ser sustitutos de Dios: el dinero, el poder, el racionalismo, el sexo, nosotros mismos, etc.

Así como Pablo señala como “advertencias” los acontecimientos que vivió el pueblo en el desierto, el Señor señala otras “advertencias” en el Evangelio de hoy (Lc. 13, 1-9). Son llamadas de Dios a la conversión. La verdad es que Dios puede llamarnos a la conversión de muchas maneras. Una de ellas es a través de contrariedades que se presentan en nuestro camino o de obstáculos que podemos encontrar o de desgracias que pueden ocurrirnos.

Los dos acontecimientos y la parábola que reflexionamos hoy son exclusivos de Lucas. Jesús aprovecha los sucesos ocurridos para demostrar que el anuncio de la buena nueva no puede hacerse sin una atención cercana a todo lo que sucede y para que quienes le escuchan comprendan que las desgracias no son sanciones por los pecados.  Jesús enseña a leer la historia y la vida cotidiana desde la óptica de Dios. El Dios de Jesús, Dios de amor y de vida, respeta la libertad humana en todos los acontecimientos y los sucesos que vivimos, invitándonos siempre, a través de ellos, a convertirnos a una vida más evangélica y, por lo tanto, a una vida más humana, más libre y más feliz.

No al fatalismo

Jesús va contra la idea de fatalismo, según la cual la enfermedad, las desgracias, la pobreza son consecuencia de acciones cometidas por quienes sufren esas situaciones. Jesús rechaza la tradicional teoría de la retribución: al pecado le corresponde el castigo. Por desgracia, actualmente quedan restos de esta mentalidad en quienes se creen “buenos” y piensan que los demás merecen castigo.  Por esa idea de un Dios inquisidor, muchos viven abrumados, con conciencia culpable y culpabilizadora, totalmente contraria al estilo de Jesús.

Si no se arrepienten también ustedes perecerán. Es una invitación urgente y estimulante a la conversión, a un cambio de estilo de vida, de forma de pensar y de actuar.  Una invitación a liberarnos de lo que nos impide madurar como personas y como creyentes. Convertir nuestro corazón al amor de Dios y al prójimo es un camino por el que siempre podemos progresar.

Dios espera frutos de nosotros

Termina el Evangelio con la parábola de la higuera estéril. Un hombre plantó una higuera en su viña, y cuando fue a buscar fruto, no lo encontró. El dueño de la viña no exige un fruto que no se pueda dar, espera lo que es lógico y natural en la higuera. En realidad, no pide imposibles. Aunque no encuentra los frutos esperados, se muestra paciente. Ofrece nuevas oportunidades, confía en el ser humano, creado para la justicia y la bondad. La esterilidad de la higuera se refiere a la esterilidad de nuestra vida cuando no damos frutos espirituales.

No se trata de una amenaza, sino de una invitación a un cambio de vida más plena y feliz. Dios quiere vernos crecer y dar lo mejor que poseemos, sin quedarnos en la mediocridad, por miedo a arriesgar, por costumbre, pereza o rutina. comprendamos que el árbol es del Señor. Habrá que entender igualmente que estamos “ocupando la tierra inútilmente” y que Dios quiere que su árbol, plantado y cuidado por El, dé frutos y los dé en abundancia.

“Señor, déjala todavía este año; cavaré alrededor y le echaré abono, a ver si da fruto. Jesús se compromete con nosotros, cuida nuestro proceso de conversión. Nos enseña que el amor siembra y espera, ayuda y espera, confía y espera.  El amor compromete y se compromete. El amor incondicional y gratuito siempre ofrece una nueva oportunidad y espera una respuesta positiva de la persona amada.

Jesús nos acompaña siempre con cariño, paciencia y dedicación y nos garantiza el triunfo final, a pesar de las dificultades que se interponen en el camino de la vida. Nos repite y demuestra que nuestro Dios es un Dios de amor, un Dios paciente y misericordioso. La parábola nos recuerda que Dios nos da siempre otra oportunidad. Interviene de inmediato la Misericordia Divina, infinita como todas sus cualidades, para darnos más gracia y oportunidades.

A pesar de nuestra esterilidad, nos dice el Evangelio que, antes de cortar la higuera, espera un año más, “afloja la tierra alrededor y le echa abono, para ver si da fruto. Si no, el año que viene la cortaré”. El Señor nos espera, vayamos a él.

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