EL PRECIOSO REGALO DE LA FE

Una persona contaba que la habían despedido y se quedó sin empleo. Según contaba el despido fue injusto. Pero lo mejor de todo fue que, por diversas circunstancias, pudo encontrar trabajo, casi de manera inmediata, y lo más interesante fue que le ofrecieron un trabajo, mejor en todos sentidos.

Esta persona, creyente convencido, afirmaba que todo esto había sido obra de la Providencia, es decir, que Dios mismo había acomodado todo; tuvo que pasar por un momento difícil y vivió esa amarga experiencia de incertidumbre al perder su empleo; sin embargo, al final de esa experiencia  encontró un trabajo mejor. Sin duda tenía razón, porque Dios está en todo.

 

Sin embargo, hay millones de desempleados en nuestro país. Hay grandes masas empobrecidas en África, Asia o América Latina. Hay tanta miseria en el mundo. Y podríamos preguntar ¿dónde estaba Dios y su Providencia para toda esa gente?.  ¿Por qué razón Dios se dignó mirar y socorrer a la persona –que arriba señalamos- en su necesidad concreta de encontrar un trabajo? Y ¿por qué ha dejado abandonados a esos otros millones de personas que no tienen nada para vivir?

No a las respuestas fáciles      

No es fácil dar respuestas cuando nos enfrentamos al dolor, a la pobreza y al sufrimiento. No es una cuestión de fe ciega. Ninguno de nosotros tiene la experiencia de decirle a una planta que se arranque de raíz y se plante en el mar y que esto haya sucedido. Más bien tenemos la experiencia contraria. En muchas ocasiones parece que Dios no escucha nuestras peticiones, o por lo menos, no de la forma que nosotros esperaríamos que nos atendiera. ¿Es que nos falta la fe? ¿Es que somos malos y por eso Dios nos deja de lado? ¿Es que los pobres, los que viven en la miseria y sometidos a la injusticia o a la enfermedad son peores que nosotros y por eso Dios no atiende sus gritos de auxilio?      

¿Qué significa creer?

Las Lecturas de este Domingo contienen un llamado a la Fe, a una Fe viva... “capaz de mover montañas”, o de mover árboles, como nos refiere el texto del Evangelio. En el Evangelio de hoy (Lc. 17, 5-10) los Apóstoles le piden al Señor que les aumente la Fe. Y el Señor les exige tener al menos un poquito de Fe, tan pequeña como el diminuto grano de mostaza, para poder tener una Fe capaz de mover árboles de un sitio a otro.  Con este lenguaje, el Señor quiere indicarnos la fuerza que puede tener la Fe, cuando es una Fe convencida y sincera.

Nos indica, también, que la Fe es a la vez don de Dios y voluntad nuestra.  O como dice el Catecismo de la Iglesia Católica: la Fe es una gracia de Dios y es también un acto humano (cf. CIC #154). La Fe es una virtud sobrenatural infundida por Dios en nosotros.  Es decir: para creer necesitamos la gracia y el auxilio del Espíritu Santo.  Pero para creer también es indispensable nuestra respuesta a la gracia divina. Y esa respuesta consiste en un acto de nuestra inteligencia y de nuestra voluntad, por el que aceptamos creer. Fe, decía el antiguo catecismo, es creer en lo que no se ve. Creer en Jesús no implica un poder añadido que nos va  a resolver los problemas de manera inmediata y que en forma casi mágica va a traer la felicidad a nuestra vida.

Creer en Jesús es establecer una relación con él. Esa relación no nos facilita la vida ni nos evita tomar decisiones complicadas, ni nos libera de nuestras responsabilidades, sino que nos invita a vivir en libertad, a explorar nuevos caminos, a tomar nuestras propias decisiones y a ser responsables por ellas.  Creer en Jesús y en su mensaje es estar convencidos de que, a pesar de los pesares, aunque la realidad se muestra cruda y cruel, este mundo tiene sentido porque ha sido creado por Dios y es expresión de su amor. 

Más persona y más hermano      

No vemos a Jesús, pero nuestra fe nos dice que él camina en medio de nosotros. La Eucaristía es el signo mayor de su presencia, en el momento en que se hace pan compartido para los hermanos. Dios potencia nuestra fe en la persona humana, en nosotros mismos y en los demás. Dios nos hace ser humildes y reconocer nuestras limitaciones pero, al mismo tiempo, nos ayuda a entender que todo lo podemos en aquel que nos conforta.  

Pero la fe, y la ayuda que Dios nos da ante los problemas, no nos evita dar los pasos que tenemos que dar en la vida; no nos libera del esfuerzo por crear un mundo mejor, más justo y solidario. La Providencia y la gracia de Dios no hacen que yo, por la casualidad, encuentre un trabajo mejor que el que tenía o me salve de una enfermedad. La fe, más bien, me hace sentirme a mí mismo prolongación de la gracia y la presencia de Dios en nuestro mundo.

El justo vivirá por la fe

En la Primer Lectura de Habacuc (Hab. 1, 2-3; 2, 2-4) vemos la preocupación del Profeta por el triunfo de la injusticia.  Es una pregunta que siempre está presente en el corazón de los seres humanos.  También otros Profetas la hicieron: Jeremías: “¿Por qué tienen suerte los malos y son felices los traidores?” (Jer. 12, 1). Dios es infinitamente justo.  Pero la justicia de Dios no siempre es clara. Dios es el Señor de la historia y guarda en secreto su manera de gobernar el mundo.  Solamente pide que nos mantengamos fieles hasta el final.  El malvado sucumbirá sin remedio; el justo, en cambio, vivirá por su fe  (Hab 2, 4).

Como consecuencia de nuestra fe, somos responsables de nuestros hermanos, estamos llamados a apoyarlos y atenderlos en sus necesidades. Como miembros de la Iglesia y de la sociedad, que es familia de Dios, estamos llamados a tener sensibilidad social, a tener entrañas de misericordia y a comprometernos solidariamente con nuestros hermanos.

Reavivemos el don de Dios (segunda lectura) y la fe se convertirá en el núcleo de nuestra vida. Sentiremos la gracia que nos impulsa a vivir de una forma nueva, libres y responsables para amar y hacer realidad ya aquí y ahora la familia de Dios, una familia en la que nadie es excluido.  San Pablo invita a “tomar parte en los duros trabajos del Evangelio, según las fuerzas que Dios nos dé”.   Dicho en otra manera, hay que “compartir los sufrimientos por la predicación del Evangelio, sostenidos por la fuerza de Dios”.

En muchas ocasiones sucede, como era el caso de los tiempos de San Pablo, quien se encontraba preso por predicar el Evangelio y quien le recordaba a Timoteo el sacrificio de Cristo, que hemos de estar dispuesto a sufrir cuando se vaya a dar testimonio de la Fe.   Porque, como dice San Agustín, puede ser que muchos están dispuestos a hacer el bien, pero pocos a sufrir los males.

Para eso tenemos la seguridad de la gracia, porque “el Señor no nos ha dado un espíritu de temor, sino de fortaleza, de amor y de buen juicio”. Fortaleza para no flaquear en la firmeza en la fe.  Amor para desear defender y comunicar esa fe, no importan las circunstancias.  Y buen juicio, para hacerlo con prudencia, pero sin temor. Agradezcamos al Señor el don de la Fe y respondamos con nuestro granito de mostaza para que El pueda darnos una Fe firme, una Fe confiada y paciente, que espere el momento del Señor; y una Fe viva y activa, valiente y fuerte, que no teme ser anunciada, aunque haya riesgos.