TU ERES EL MESIAS DE DIOS

El Evangelio de la misa de este domingo nos presenta a Jesús con sus discípulos que se dirigen a un lugar solitario para orar. Mientras caminan, Jesús les hace una pregunta abierta: «¿Quién dice la gente que soy yo?»,

 

Jesús conocía perfectamente las opiniones de la gente y se daba cuenta de las conversaciones del pueblo sobre el tema religioso; pero el Señor preparaba el terreno para otra cuestión más definitiva. La respuesta que dieron los apóstoles fue sencilla: «Algunos dicen que eres Juan Bautista, otros que Elías o alguno de los profetas.»

En síntesis, vemos que todos reconocían en Jesús, cuando menos, que era comparable a los hombres más ilustres de la historia de Israel. Luego Jesús les hace la pregunta fundamental, directamente a ellos: «Y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?»

San Juan Pablo II dijo que “todos nosotros conocemos ese momento en que no basta hablar de Jesús repitiendo lo que otros han dicho..., no basta recoger una opinión; es preciso expresar nuestra convicción sobre lo que Jesús significa para nosotros; ofrecer el testimonio de nuestra propia vida, y asumir el compromiso como auténticos discípulos de Jesucristo.

La salvación que Dios nos ofrece

La segunda lectura, tomada de San Pablo en su carta a los gálatas, (Gal. 3, 26-29) nos habla de la salvación que Cristo nos ha conseguido: los bautizados somos revestidos de Cristo, somos hijos de Dios y herederos de la promesa de Dios, que es la felicidad eterna. Ahora bien, la salvación es para todos: judíos y no judíos, hombres y mujeres, esclavos y libres. A nosotros nos toca identificarnos con Cristo, seguirlo de cerca, abrazar su cruz, como nos pide él mismo en el evangelio de hoy.

Con el Salmo 62 damos gracias a Dios y lo alabamos por todo lo que hizo por nosotros y por todo lo que nos da continuamente. Reconocemos que estamos muy necesitados de él, pues sin él somos como tierra seca, necesitada de agua. Tenemos sed de él, lo añoramos y lo buscamos en la oración.

Para ti, ¿Quién soy yo?

Volviendo al evangelio, nos damos cuenta que los mejores amigos de Jesús, los apóstoles fueron los que percibieron un día dentro de sí la pregunta definitiva, que no tiene vuelta de hoja; ante la cual, todas las demás preguntas resultan secundarias: “Para ti, ¿quién soy Yo?. San Juan Pablo II nos dice que la vida y todo el futuro dependen de la respuesta, sincera que podamos dar a esa pregunta”

Pedro contestó categóricamente: “Tú eres el Mesías”.  Cuando el Sumo Sacerdote pregunta al Señor, en los momentos previos a su Pasión: ¿Eres tú el Mesías, el Hijo de Dios?, Jesús le contesta: “Yo soy, y verás al Hijo del Hombre sentado a la diestra del Padre venir sobre las nubes del cielo”. En esta respuesta, Jesús no solo da testimonio de ser el Mesías esperado, sino que aclara la trascendencia divina de su misión. 

Tú eres el Hijo de Dios

En ese momento y ahora, sólo existe una única respuesta verdadera a la pregunta de Jesús: “Tú eres el Cristo, el Mesías, el Hijo Unigénito de Dios. La Persona de la que dependen todas nuestras vidas, nuestro destino y nuestra felicidad”.

Sabemos muy bien que ante Jesús no podemos contentarnos con una simpatía simplemente humana, ni es suficiente considerarlo sólo como un personaje digno de interés histórico, teológico, espiritual, social o como fuente de inspiración artística. Jesucristo nos compromete.

Después de la confesión de Pedro: Tú eres el Cristo el Hijo de Dios vivo; Jesús anuncia a sus discípulos la Pasión. Este anuncio de la Pasión les muestra que el Mesías esperado no es un Mesías triunfante. Y les aclara igualmente que la gloria de Cristo pasará por la Cruz.

Abrazar la cruz de Jesús

El triunfo de Cristo no es un triunfo a la manera de los triunfos humanos. Los humanos no esperaban ese modo de triunfar. En el anuncio de la Pasión Cristo habla de sufrir, de ser rechazado y morir para después resucitar.  El sufrimiento, el rechazo y la muerte, también van a ser la condición de todo el que quiera seguir a Jesús. Jesús nos invita a seguirlo, no nos obliga. Jesús dice: si alguno quiere...... Y seguir a Cristo es recorrer el mismo camino que él recorrió, el camino de la cruz, para alcanzar luego la gloria de la resurrección.

Cuando cada una de nosotros llevamos esa nuestra cruz de cada día con amor y por amor a Cristo y a los demás, estamos profesando nuestra fe en Jesús. Cuando Cristo nos invita a seguirlo tomando nuestra cruz, nos está indicando que la vida cristiana es una vida de cruz. En el sermón de la Montaña nos dice: Felices los que lloran porque serán consolados.

Marcados con la cruz desde el bautismo

En el bautismo nos han signado con la señal de la Cruz, porque nuestro destino de discípulos de Jesús, nuestro ser de cristianos, está ligado indisolublemente al destino de Cristo, que llegó a la resurrección, pero a través de la Cruz. Por eso no pensemos en saltarnos la cruz y adelantar la Resurrección. Algunas veces puede ser que encontremos nuestra cruz en una gran dificultad, en una enfermedad grave y dolorosa, en la muerte de un ser querido. En esos casos, debemos abandonarnos en las manos de Dios, con la certeza que si el permite nuestro dolor es para hacernos más semejantes a él.

Si el Señor permite esa pesada cruz, nos va a dar también las gracias necesarias para llevarla y nos concederá, a través de esa dura experiencia, alcanzar fruto abundante. Dios sabe lo que nos conviene y todo lo orienta para nuestro bien. Alguien ha dicho que Dios escribe rectamente en renglones torcidos.

La cruz de las pequeñas cosas de todos los días

Pero lo normal, es que encontremos la cruz en las pequeñas contrariedades de todos los días: en nuestra familia, en el trabajo, en la calle o en los grupos humanos, con nuestros vecinos y tal vez con los más cercanos a nosotros, con nuestros seres queridos. Tenemos que recibir esas contrariedades con ánimo y ofrecerlas al Señor sin quejarnos. La queja es una forma de rechazo a la cruz. Esta actitud nos va a ayudar a perfeccionarnos, a ser más comprensivos, a ser pacientes, a comprender... 

Pidamos a la Virgen María, que no permita que rechacemos la cruz de Cristo. Queremos encontrar a Dios, queremos encontrar la felicidad. El camino es aceptar por amor a Cristo nuestra cruz de cada día. Es el camino de la santidad, de una vida equilibrada, una vida centrada en el bien, que nos permitirá ser luz del mundo y sal de la tierra, por ser discípulos fieles y comprometidos de Jesús, y comprometidos con nuestros hermanos en la vida diaria.