EL ES MI LUZ Y MI SALVACION

Las Lecturas de este Domingo nos hablan fundamentalmente de dos aspectos, dos cosas importantes para nuestras vidas: de la manifestación de Jesús como fuente de luz y de salvación, de la elección de los primeros discípulos. Jesús es esa “gran luz” anunciada desde antiguo por el Profeta Isaías: “El pueblo que caminaba en tinieblas vio una gran luz. Sobre los que vivían en tierra de sombras, una luz resplandeció” (Is. 8,23/9-3).

 

El Evangelista San Mateo es uno de los discípulos escogidos y se da cuenta de que esa profecía de Isaías que hemos leído en la Primera Lectura (Is. 9, 1-4) se está cumpliendo ante sus propios ojos. Por eso, al comenzar a narrar en su Evangelio la vida pública del Señor, San Mateo quiere comunicarnos esa buena nueva a todos: nos dice que Jesús es esa “gran luz” que había sido anunciada por el Profeta Isaías.

Frente a tantas situaciones de oscuridad y confusión que vivimos hoy, con la cultura del relativismo, del individualismo y del egoísmo, que han generado una fuerte deshumanización, con resultados catastróficos en la sociedad actual; de verdad estamos urgidos de luz para poder pisar con firmeza y seguridad.

En el Salmo 26  hemos aclamado a Jesús cantando: “El Señor es mi luz y mi salvación”. Y, siendo el Señor nuestra luz y salvación, ¿a quién deberemos seguir? ¿En quién nos deberemos apoyar? En el Salmo hemos orado respondiendo estas preguntas... Pero a veces no nos damos cuenta de lo que decimos. Sabiendo que Jesús es nuestra luz y nuestra salvación, a El debemos acudir, pero también tenemos que decidirnos a seguirlo de cerca, a comprometernos en su proyecto. De esto se trata precisamente este Evangelio de hoy.

Todos somos llamados por el Señor. En efecto, San Mateo nos narra la elección de los primeros discípulos: Pedro, Andrés, Santiago y Juan. Así como llamó a los apóstoles el Señor nos escoge y nos llama a todos para ser sus discípulos y seguidores. No sólo llama a los Sacerdotes y a las Religiosas: el Señor nos llama a todos. Y el Señor llama de muchas maneras y en diferentes circunstancias a lo largo de toda nuestra vida.

Sucede, sin embargo, que la voz del Señor es suave y el llamado que hace a nuestra puerta es respetuoso. No nos obliga, no nos grita, ni tampoco derriba nuestra puerta. El Señor no nos doblega, ni nos amenaza. Pero siempre está allí, llamando a nuestra puerta. Somos libres de abrirle o no. Somos libres de responderle o no. El llamado es para seguirle a El. Puede ser en la vida de familia o en la vida sacerdotal o religiosa y en la vida célibe. Pero en cualquier vocación o camino, siempre será para “estar en el mundo sin ser del mundo” (Jn. 15, 18 - 17, 14). “Busquen el Reino de Dios y su justicia” (Mt 6, 33)

Estar en el mundo sin ser del mundo. Esta frase del Señor es ¡tan poco comprendida y tan poco practicada!  Hemos sido escogidos por El para seguirle. “Ven y sígueme”, le dijo a sus primeros discípulos. “Ven y sígueme”, nos dice a cada uno de nosotros también. Y seguirle a El implica muchas veces ir contra la corriente, ir contra lo que el mundo nos propone. Seguirle a El es ser como El y es hacer como El. Y ¿qué hace Jesús? ¿Qué nos muestra Jesús con su vida aquí en la tierra? Lo sabemos y El nos lo ha dicho: “He bajado del Cielo no para hacer mi propia voluntad, sino la voluntad del que me ha enviado” (Jn. 6, 38).

Seguirlo a El es, entonces, buscar la Voluntad de Dios y no la propia voluntad. Es hacer lo que Dios quiere y no lo que yo quiero. Es ser como Dios quiere que sea y no como yo quiero ser. Y aunque parezca una contradicción este es el camino de la verdadera libertad, el camino de la salvación, ya que siendo discípulos del Señor, vamos descubriendo la verdad, esa verdad que nos conduce a una libertad real y segura, pero hay que comprometerse, hay que participar en la dinámica del Reino de Dios, hay que ponerse en su camino, el camino del bien.

A veces creemos que por ser católicos, bautizados, ya tenemos asegurada la salvación. Ciertamente nuestro catolicismo significa que tenemos a nuestra disposición todos los medios de salvación que nos llegan a través de la Iglesia fundada por Cristo; como es la Palabra de Dios, la Eucaristía y los demás sacramentos; tenemos igualmente la religiosidad popular y la vida comunitaria. Pero no basta. “No todo el que diga Señor, Señor entrará en el Reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos” Mt 7, 21

En Corinto y en tiempos de Pablo se dividían los fieles en nombre de Apolo, de Pablo, de Pedro, hasta de Cristo. Apelaban a la autoridad de quienes la tenían realmente, pero lo hacían no en el espíritu del Evangelio, ya que el resultado era la división. Esta enfermedad de las divisiones nos sigue enfermando. Ante todo, hemos de aceptarnos unos a otros valorar la gran riqueza de la diversidad. La unidad se da en la diversidad, nunca en la uniformidad.

La unidad, más que un punto de partida, es el fruto de la conversión. Como Pablo llama a la conversión de todos al único Cristo en el que hemos sino bautizados, así también hoy es necesario que, en la Iglesia, desde cualquier posición, carisma o forma de espiritualidad, sepamos convertirnos al único Cristo, en quien encuentran sentido y plenitud todos los carismas y todas las vocaciones.  

DOMINGO DE LA PALABRA DE DIOS

El Papa Francisco ha establecido este Domingo tercero del tiempo ordinario como el DOMINGO DE LA PALBRA DE DIOS. El Santo Padre ha querido instaurar esta celebración “para que nosotros como católicos pongamos la Palabra de Dios en el centro de nuestra vida cristiana. Se trata de la palabra de Dios que nos ha hablado en Cristo, pero que continúa hablándonos y diciéndonos aquello que es fundamental para nuestra vida”.

Dedicar concretamente un domingo del año litúrgico a la Palabra de Dios nos permite, sobre todo, hacer que la Iglesia reviva el gesto del Resucitado que abre para nosotros, el tesoro de su Palabra, con la finalidad de que podamos anunciar por todo el mundo esta riqueza inagotable”, escribió el Papa.

Al respecto, Vaticano II nos doce que “la Iglesia ha venerado siempre la Sagrada Escritura, como lo ha hecho con el Cuerpo de Cristo, pues, sobre todo en la sagrada liturgia, nunca ha cesado de tomar y repartir a sus fieles el pan de vida que ofrece la mesa de la Palabra de Dios y del Cuerpo de Cristo” (Dei Verbum, 21).

Sabemos que la Sagrada Escritura y los Sacramentos no se pueden separar. Cuando los Sacramentos son introducidos e iluminados por la Palabra, se manifiestan más claramente como la meta de un camino en el que Cristo mismo abre la mente y el corazón al reconocimiento de su acción salvadora.

El contacto frecuente con la Sagrada Escritura y la celebración de la Eucaristía hace posible el reconocimiento entre las personas que se pertenecen. Como cristianos somos un solo pueblo que camina en la historia, fortalecido por la presencia del Señor, que está en medio de nosotros, que nos habla con la Sagrada Escritura y nos nutre con la Eucaristía.

La dulzura de la Palabra de Dios nos impulsa a compartirla con quienes encontramos en nuestra vida para manifestar la certeza de la esperanza que contiene. La Palabra nos señala constantemente el amor misericordioso del Padre que pide a sus hijos que vivan en la caridad. La vida de Jesús es la expresión plena y perfecta de este amor divino que no se queda con nada para sí mismo, sino que se ofrece a todos incondicionalmente.

La Palabra de Dios es capaz de abrir nuestros ojos para permitirnos salir del individualismo que conduce a la asfixia y la esterilidad, a la vez que nos manifiesta el camino del compartir y de la solidaridad.

Con este Domingo de la Palabra de Dios la Iglesia busca despertar el interés que debe haber en las familias, en los creyentes en general; en los niños, en los jóvenes de alimentarse de la Palabra de Dios, así como nos alimentamos también de la Eucaristía, el Cuerpo y la Sangre del Señor.

 

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