QUE HACER PARA ALCANZAR LA VIDA ETERNA

Las lecturas de este domingo (15 Ord) nos hablan del mandamiento del amor, como la prioridad como discípulos de Jesucristo. La palabra nos invita a vivir la virtud teologal de la Caridad y a asumir las consecuencias que conlleva: amar a Dios y amar al prójimo

 

La caridad es una virtud que Dios ha infundido en nosotros; no podemos amar por nosotros mismos, es Dios quien nos ha amado primero, y con ese amor con el que Dios nos ama, podemos amar al mismo Dios y a nuestros hermanos. Si Dios no nos hubiera amado, seriamos incapaces de amar. Sin embargo, estamos en posibilidad de amar a Dios “con todo nuestro corazón, con todas nuestras fuerzas y con todo nuestro ser” (Lc. 10, 25-37). 

El Deuteronomio explica la Ley de Dios en forma práctica.  Dice Moisés: “Los mandamientos no son superiores a tus fuerzas, ni están fuera de tu alcance; están a tu alcance, en tu boca y en tu corazón para que puedas cumplirlos”. (Dt. 30, 10-14). En otras palabras, los mandamientos no son imposibles de cumplir, ni están por encima de nuestra realidad y nuestra capacidad humana. 

Estos mandamientos, que conocemos desde pequeños, están sintetizados en dos:  el Amor a Dios y el amor al prójimo. Así lo señala el Evangelio de Lucas que escuchamos. En el Catecismo nos decían que los 10 Mandamientos de la Ley de Dios consisten en amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a uno mismo.

Ambos Mandamientos están estrechamente unidos; uno es consecuencia del otro.  De hecho, no podemos amar a nuestros semejantes sin amar al mismo tiempo a Dios. Y no podemos afirmar que amamos a Dios si no amamos a nuestros semejantes. 

Usando una comparación muy conocida, se explica estos dos aspectos o dimensiones del Amor con los elementos de una cruz:  la línea vertical simboliza el amor a Dios y la horizontal nos recuerda el amor a nuestros semejantes. De esta manera expresamos que ambos aspectos son inseparables.

Volvamos, entonces, al concepto de Caridad. 

La Caridad, el Amor, es una virtud teologal. Se trata de un hábito o característica espiritual, infundida por Dios en nosotros, por medio de la cual amamos a Dios sobre todas las cosas, por lo que Dios es.  Y por medio de ese amor, también amamos a los demás, porque Dios ha infundido su Amor en nuestros corazones, (cf. Rom. 5, 5) para que seamos capaces de amar con el Amor con que El nos ama. 

En realidad, amamos a los demás porque Dios así lo quiere y así nos lo pide, y espera que vivamos ese gran dinamismo, capaz de cambiar el mundo y de proyectarnos hacia Dios mismo. Dios es Amor, y amar es un mandamiento; algo que no podemos dejar de lado, ya que, si no amamos, nuestro destino se quedaría truncado. El compromiso de amar a los demás es porque somos “imagen de Dios”, de ese Dios que es amor y que nos hace participar de ese amor.

Dice Pablo: “Cristo es la imagen de Dios invisible, el primogénito de toda la creación” (Col. 1, 5-20).  Y nosotros con él y después de él, somos también imagen de Dios, participamos de su ser.  Aquí tenemos la razón de nuestra dignidad: la imagen de Dios es inherente a nuestro ser.  Aquí se fundamenta este criterio del Amor: en el valor que tiene cada ser humano.  En cada persona reconocemos y amamos la imagen de Dios.

Por eso el verdadero amor, no depende del deseo, del simple afecto, ni siquiera de los mismos lazos de sangre, de nación o religión, como bien lo indica Jesús en la parábola del Buen Samaritano, que nos presenta el Evangelio.  Los judíos y los samaritanos no se trataban, tenían muchas diferencias, sobre todo de tipo religioso.  Pero el ejemplo del Buen Samaritano nos recuerda que la Caridad Cristiana, el amor profundo y la solidaridad, está por encima de toda diferencia. 

Hacer el bien sin mirar a quien

La Caridad Cristiana puede incluir esos lazos de afecto, de raza o religión, pero no depende de ellos. Por ello Jesús nos previene:“Si amas a los que te aman ¿qué mérito tienes?  Hasta los malos aman a los que los aman.  Y si haces bien a los que les hacen bien, ¿qué mérito tienen? También los pecadores obran así” (Lc. 6, 32-34). Vemos aquí la diferencia entre altruismo y caridad, entre filantropía y amor.  El cristiano debe amar de verdad; no puede hacer el bien con un interés oculto o con una motivación externa y protagónica.

La Caridad no es un simple sentimiento; es más bien una disposición de la voluntad.  Es un deseo de hacer el bien porque Dios nos ama y quiere que nosotros amemos como El nos ama.  Por eso la Caridad no es egoísta; no busca la propia satisfacción, sino servir al otro y colaborar en el proyecto de amor al que Dios nos invita y nos involucra.  Además, la Caridad incluye a todos: buenos y malos, amigos y enemigos, familiares y extraños, ricos y pobres.

El Evangelio nos recuerda que la Caridad incluye a todos. El Samaritano, el que no era del país, el que era considerado enemigo de la nación judía, fue el que ayudó al malherido por los ladrones. Es importante hacer notar que Jesús al referirse a este Mandamiento del Amor, habló de “el mandamiento nuevo”. Porque para los judíos el mandato de amor a los demás era para los de su misma raza: era un amor entre ellos. El Señor lo llama un mandamiento nuevo:  porque se extendía a todos los hombres.

Y el Doctor de la Ley preguntó: ¿Quién es el prójimo? El Señor le respondió con la parábola del Buen Samaritano.  Y con esto el Señor dice que el prójimo o el más cercano- puede ser alguien lejano, como fue en este caso el extranjero. El prójimo es aquél que el Señor nos presenta en nuestro camino.  Puede ser un familiar, pero puede ser también un extraño.

Caridad o Amor es estar atentos a las necesidades de los demás: las necesidades corporales: enseñar al que no sabe, dar buen consejo al que lo necesita, corregir al que se equivoca, perdonar las injurias, consolar al triste, sufrir con paciencia los defectos de los demás, rogar a Dios por vivos y difuntos.  Las necesidades corporales:  dar de comer al hambriento y de beber al sediento; dar techo al que no lo tiene, vestir al desnudo, visitar a los enfermos y presos; enterrar a los muertos, redimir al cautivo, ayudar a los pobres.  

Y hacer estas cosas por servicio, no por propia satisfacción.  Hacerlas por amor a Dios, no por quedar bien o por sentirnos bien nosotros mismos.  Hacerlas porque vemos la imagen de Dios en quien necesita nuestro servicio.  Esa es la diferencia entre altruismo o filantropía y Caridad Cristiana.

La Madre Teresa de Calcuta decía tener la gracia de ver el rostro de Cristo en los miserables que ella atendía.  Es una gracia que podríamos pedir: ver la imagen de Dios, ver el rostro de Cristo en el necesitado. Pero, aunque no nos sea dada esa gracia, aunque no veamos la imagen de Dios en quienes nos necesitan, Amor es un mandamiento, un proyecto pleno de dinamismo y de vida.

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