YO SOY LA RESURRECION Y LA VIDA

Ez 37,12-14: Les infundiré mi espíritu y vivirán. Rom 8,8-11: Tenemos el Espíritu de Dios que resucitó a Jesús. Jn 11,1-45: Resurrección de Lázaro.

1. Un milagro signo y una condición de fe

En el evangelio de hoy, por medio de un signo, un milagro: la resurrección de Lázaro, Jesús se autodefine como vida del hombre.

 

Esta resurrección que realiza Cristo es signo de la vida que nos da el Espíritu por la fe y el bautismo, como anticipo de nuestra resurrección final con Jesús, según afirma san Pablo en la 2ª. lectura, el mejor comentario al evangelio de hoy. Antes de la reanimación de Lázaro y mediante la solemne fórmula divina de auto-manifestación que es el "yo soy", Cristo se proclama resurrección y vida para todo el que cree en él. Luego añade el signo milagroso que avala tal afirmación.

En el evangelio, Cristo hace patente, cada vez más abiertamente, su filiación divina. Cristo proclama su divinidad: "Yo soy la resurrección y la vida"; lo demuestra con el signo dar la vida a un muerto. Y manifiesta su humanidad al romper en llanto por la muerte de un amigo entrañable.

La conciencia de su filiación divina no aminora su solidaridad con sus hermanos, con la humanidad sumida en la muerte, fruto del pecado. Por eso la resurrección de Lázaro es signo también de la restauración del ser humano, que está sujeto a la muerte.

No podemos quedarnos en la escenificación del suceso sin preguntarnos por qué móvil actúa Jesús, pues la clave de interpretación de un hecho está en su finalidad. El relato habla de vida y resurrección, identificándolas con la persona de Jesús, pero refiriéndose a cada uno de nosotros. Resurrección y vida solamente para el que cree en Cristo como Mesías e Hijo de Dios.

Así lo confiesa Marta, a pregunta de Jesús. Es evidente que este milagro signo está en función de la fe, como objetivo final, al igual que el evangelio entero de Juan, "escrito para que ustedes crean que Jesús es el Mesías, el Hijo de Dios, y para que creyendo tengan vida en su nombre" (20,31). Objetivo y condición, porque sin fe en Jesús no hay Vida con mayúscula.

2. Sentido de la vida y de la muerte.

Por una parte, la muerte es un dato constante, que vemos y experimentamos; aunque nadie, mientras vive, tiene esa vivencia personalmente. No obstante, sí tenemos conciencia experimental de la muerte de los demás: familiares, amigos y compañeros.

En cada adiós definitivo algo nuestro muere con ellos. La muerte biológica, su anuncio paulatino en las múltiples enfermedades, su presencia brutal en los accidentes, y su manifestación en todo lo que es negación de la vida, a causa de la violación de la dignidad y derechos de la persona, constituye el más punzante de los problemas humanos.

Por otra parte, aspiramos a una vida sin límites y para siempre. Se trata de la más profunda aspiración que llevamos en el alma. Realmente al final la muerte acabará con todo; y nos sentiríamos radicalmente frustrados si no tenemos una explicación satisfactoria a este enigma que es la muerte de un ser creado para la vida.

Desde siempre, las ciencias del hombre, la filosofía y la historia de las religiones han dado respuestas más o menos convincentes al interrogante y dilema de la muerte, que básicamente se formula así: ¿Es la muerte un final o un comienzo? ¿Nos espera la nada u otra vida distinta? ¿Somos aniquilados o transformados? ¿Al final del camino está Dios o el vacío?

Según las creencias, así son las respuestas y las actitudes vitales: miedo visceral, silencio hermético sobre un tema tabú, fatalismo estoico ante un hecho natural e inevitable, hedonismo a tope ante la fugacidad de la vida (¡comamos y bebamos que mañana moriremos!), pesimismo, rebeldía, náusea existencial ante el mayor de los absurdos..., o bien la serena esperanza de una creencia en la inmortalidad. En el fondo de la cuestión está presente también la pregunta sobre el sentido mismo de la vida humana.

3. Cristo Jesús, vencedor de la muerte,           

Es la única respuesta válida al enigma de la muerte del hombre. La comunión con Cristo por la fe del bautismo y por los sacramentos de la vida cristiana alcanza al hombre entero, cuerpo y espíritu, en esta vida y en la futura. Por eso el cristiano ya no entiende la vida ni la muerte como los hombres sin fe; para el creyente tienen sentido nuevo. La muerte no será sino el paso a la plenitud de una vida iniciada ya ahora.

El que cree en Cristo, vida y resurrección nuestra, se siente salvado, liberado del pecado y de su consecuencia, la muerte. Esta liberación no es de la muerte biológica, pues todos vamos a morir y también Cristo murió, sino de la esclavitud opresora de la muerte, del miedo a la misma, del sinsentido y del absurdo de una vida entendida como pasión inútil que acaba en la nada.

A la luz de la resurrección del Señor –y del Covid-19- el creyente entiende, ya desde ahora, que la muerte física, inevitable a pesar de todos los adelantos de la medicina y de la apasionada y torturante aspiración del hombre a la inmortalidad, no es el final del camino sino la puerta que se nos abre a la liberación definitiva con Cristo resucitado. Gracias a él, que es resurrección y vida por ser Hijo de Dios, la última palabra no la tiene la muerte sino la vida.

En su homilía en la bendición Urbi et orbi, el Papa nos dijo que el Señor se despertó para despertar y avivar nuestra fe pascual. Tenemos un ancla: en su Cruz hemos sido salvados. Tenemos un timón: en su Cruz hemos sido rescatados. Tenemos una esperanza: en su Cruz hemos sido sanados y abrazados para que nadie ni nada nos separe de su amor redentor. En el aislamiento y la carencia de cercanía y de tantas cosas, escuchemos al resucitado que vive a nuestro lado.

El Señor nos interpela desde su Cruz, nos invita a reencontrar la vida que nos espera, a mirar a aquellos que nos reclaman, a reconocer e incentivar la gracia que nos habita. No apaguemos la llama humeante (cf. Is 42,3), que nunca enferma, y dejemos que reavive la esperanza.

Abrazar su Cruz es animarse a abrazar todas las contrariedades del tiempo presente, abandonando por un instante nuestro afán de omnipotencia y posesión para darle espacio a la creatividad que sólo el Espíritu es capaz de suscitar. Es animarse a motivar espacios donde todos puedan sentirse convocados y permitir nuevas formas de hospitalidad, de fraternidad y de solidaridad.

En su Cruz hemos sido salvados, para hospedar la esperanza y dejar que sea ella quien fortalezca y sostenga todas las medidas y caminos posibles que nos ayuden a cuidarnos y a cuidar. Abrazar al Señor para abrazar la esperanza. Esta es la fuerza de la fe, que libera del miedo y da esperanza.

«¿Por qué tenéis miedo? ¿Aún no tenéis fe?». Queridos hermanos y hermanas: Desde este lugar, que narra la fe pétrea de Pedro, esta tarde me gustaría confiarlos a todos al Señor, a través de la intercesión de la Virgen, salud de su pueblo, estrella del mar tempestuoso. Desde esta columnata que abraza a Roma y al mundo, descienda sobre vosotros, como un abrazo consolador, la bendición de Dios.

Señor, bendice al mundo, da salud a los cuerpos y consuela los corazones. Nos pides que no sintamos temor. Pero nuestra fe es débil, Señor, y tenemos miedo. Mas tú, Señor, no nos abandones a merced de la tormenta. Repites de nuevo: «No tengáis miedo» (Mt 28,5). Y nosotros, junto con Pedro, “descargamos en ti todo nuestro agobio, porque sabemos que Tú nos cuidas” (cf. 1 P 5,7).

 

JSN Megazine template designed by JoomlaShine.com