JESUS ES NUESTRA LUZ Y SALVACION

El segundo domingo de Cuaresma nos invita a meditar en la Transfiguración de Jesús, un acontecimiento clave en la misión que el Padre le ha confiado, pero también en la experiencia de fe de los discípulos, y en la experiencia de fe nosotros, cristianos del siglo 21.

 

Para que la esperanza crezca, día tras día, es indispensable subir con Jesús al monte de la oración y permanecer con él, estar atentos a la voz de Dios y dejarse envolver y transformar por el Espíritu. Es necesaria la experiencia de la contemplación, de la oración, que es comunión íntima con Dios.

Así como los ojos del cuerpo al ver la luz se iluminan, así también el alma que tiende a Dios es iluminada por la luz de la oración. La oración es una dimensión fundamental, es fuente de espiritualidad, que lleva al encuentro con Jesucristo.

El desierto de todos los días nos genera cansancio, desgaste, miedos; en ocasiones transitamos por caminos del mal y del pecado… Jesús nos enseña a vencer la tentación y el mal, nos ofrece –con su ejemplo- las estrategias y el camino para no ser atrapados por las trampas del demonio y del mal.

Jesús nos invita a subir con él, a escuchar su Palabra, a participar en la Eucaristía, en la Reconciliación… Por supuesto que nosotros mismos podemos buscar momentos de transformación, de descanso y sanación: una vida ordenada, la convivencia familiar, el descanso, el estudio. Frente a la violencia, hay que generar gestos y actitudes de conciliación, de perdón y de paz.

No se trata de buscar la evasión frente a las dificultades de la vida diaria. Hay que subir al Tabor de la oración, para buscar a Dios y bajar iluminados con su sabiduría y su amor, para generar la fraternidad, la comunión y la solidaridad entre nosotros. Por este camino es posible generar cambios y transformaciones en las familias, las instituciones y en la sociedad toda.

Pidamos hoy al Señor que nos ayude a transformar nuestras vidas con la luz que irradia del monte de la fe y que podemos encontrar en su Palabra, en la Oración, en la Eucaristía. Con su gracia y nuestra vida responsable podremos caminar juntos y vivir en fraternidad.

La noche –el desierto- nos puede parecer enorme y muy oscura, pero existen muchas luces que anuncian la esperanza; Tenemos testimonios de mucha gente que manifiestan en su vida la presencia de Dios que camina entre nosotros, guiándonos y sosteniéndonos en la esperanza; hay muchos hombres y mujeres, que, con su esfuerzo de cada día, hacen posible que nuestra sociedad no se quede a oscuras y que pueda seguir adelante.

Los niños y los jóvenes son el futuro de la Iglesia y de la sociedad, son signo de un nuevo amanecer, una sociedad generadora de esperanza y amor, que nos dará hombres y mujeres de bien.

 

 

Juan Navarro Castellanos

+ Obispo de Tuxpan, Ver.

JSN Megazine template designed by JoomlaShine.com