DICIEMBRE

 

 

 El Adviento es el tiempo de preparación para la llegada de la Navidad y el nacimiento de Jesús. Es un periodo de cuatro semanas dentro del Calendario Litúrgico de la Iglesia Católica.

La palabra Adviento proviene del latín ad-venio, que significa venir o llegar. Con este periodo inicia el año litúrgico de los católicos.

 

La Corona de Adviento proviene de una tradición pagana de Europa, en la cual se encendían velas durante el invierno para representar al dios fuego del Sol, a fin de que regresara con su luz. 

Los primeros misioneros retomaron esta tradición para evangelizar. 

 

CICLO LITÚRGICO

A inicios de diciembre de 1531, la Virgen de Guadalupe se le apareció a Juan Diego mientras caminaba por el cerro del Tepeyac hacia la Ciudad de México, y le dijo: “Juanito, el más pequeño de mis hijos: yo soy la siempre Virgen María, Madre del verdadero Dios, por quien se vive. Deseo vivamente que se me construya aquí un templo, para en él mostrar y prodigar todo mi amor, compasión, auxilio y defensa a todos los moradores de esta tierra y a todos los que me invoquen y en mí confíen. Ve donde el señor obispo y dile que deseo un templo en este llano. ¡Anda y pon en ello todo tu esfuerzo!”.

 

 

 

  LIBROS Y DOCUMENTOS DIOCESANOS

    

 GAUDETE ET EXSULTATE

CHRISTUS VIVIT

   MENSAJE DE LOS OBISPOS DE MÉXICO POR EL DIA MUNDIAL DEL AMBIENTE

CARTA APOSTÓLICA APERUIT ILLIS

INSTRUMENTUM LABORIS SINODO AMAZONÍA

  

Lecturas del Viernes 1 de Noviembre de 2019

(30ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Mateo 5, 1-12

Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

 

«Felices los que tienen alma de pobres, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices los pacientes, porque recibirán la tierra en herencia.

Felices los afligidos, porque serán consolados.

Felices los que tienen hambre y sed de justicia, porque serán saciados.

Felices los misericordiosos, porque obtendrán misericordia.

Felices los que tienen el corazón puro, porque verán a Dios.

Felices los que trabajan por la paz, porque serán llamados hijos de Dios.

Felices los que son perseguidos por practicar la justicia, porque a ellos les pertenece el Reino de los Cielos.

Felices ustedes, cuando sean insultados y perseguidos, y cuando se los calumnie en toda forma a causa de mí.

Alégrense y regocíjense entonces, porque ustedes tendrán una gran recompensa en el cielo; de la misma manera persiguieron a los profetas que los precedieron.»

Reflexión

El mundo nuevo, ya está en marcha; la llegada del Reino exige decisiones...

Por eso el Señor nos exhorta a ser misericordiosos, rectos, sinceros.

Las bienaventuranzas son camino a la eterna bienaventuranza.

Jesús promulga en un cerro, su Ley, ¨el programa del Reino¨

Esta ley de Jesús, ¨la nueva ley¨ no es un mandato de obligaciones, sino una invitación, un llamado libre.

Es la invitación a seguirlo, a ser como él.

Y esta invitación, no es sólo para sus discípulos, es también para la muchedumbre, en la que estamos representados todos nosotros.

Las Bienaventuranzas, son las puertas de entrada en el reino de Dios, las leyes del nuevo pueblo de Cristo.

Y en nuestro mundo, que es tan contrario a estas leyes, necesitamos la luz y la fuerza del Espíritu Santo, para comprenderlas y asimilarlas.

Dice Jesús: felices los que eligen ser pobres; felices los que sufren; felices los sometidos; felices los no violentos; felices los que tienen hambre y sed de justicia, del bien.

Las bienaventuranzas son una invitación a seguir el camino de Jesús. Son un llamado para todos los cristianos.

El mundo catalogaría las bienaventuranzas como las siete locuras de Cristo, pero para el cristiano son siete fuentes de alegría.

El primer fruto de las Bienaventuranzas es el comenzar ya a adivinar en esta tierra la presencia del Dios vivo, el poder del Espíritu Santo en nuestras vidas. Muchos no cristianos, como Ghandi, entendieron que ése es el camino para la verdadera liberación.

Hay muchos cristianos que viven hoy las Bienaventuranzas, que son pobres de espíritu, que comparten con el necesitado, que tienen una vida luminosa y transparente, que son solidarios con los oprimidos, que entregan su vida por el reino de Dios y su justicia.

Hoy cabría preguntarnos, si nosotros vivimos las bienaventuranzas o si pensamos que son para otros.

María, nuestra Madre, las vivió plenamente, y su canto el Magnificat es la mejor expresión de que así fue.

Y muchos cristianos, las vivieron y no se equivocaron.

Decidámonos hoy a hacer vida las bienaventuranzas, con la seguridad de que sus frutos los recibiremos ya aquí en la tierra, buscando el Reino de Dios y su justicia.

 

 Lecturas del Sábado 2 de Noviembre de 2019

(30ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Juan 6, 51-59

Jesús dijo a los judíos: «Yo soy el pan vivo bajado del cielo. El que coma de este pan vivirá eternamente, y el pan que yo daré es mi carne para la Vida del mundo.»

Los judíos discutían entre sí, diciendo: «¿Cómo este hombre puede darnos a comer su carne?» Jesús les respondió: «Les aseguro que si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán Vida en ustedes. El que come mi carne y bebe mi sangre tiene Vida eterna, y yo lo resucitaré en el último día.

Porque mi carne es la verdadera comida y mi sangre, la verdadera bebida. El que come mi carne y bebe mi sangre permanece en mí y yo en él.

Así como yo, que he sido enviado por el Padre que tiene Vida, vivo por el Padre, de la misma manera, el que me come vivirá por mí.

Este es el pan bajado del cielo; no como el que comieron sus padres y murieron. El que coma de este pan vivirá eternamente.»

Jesús enseñaba todo esto en la sinagoga de Cafarnaún.

Reflexión

Hermanos y hermanas, nos reunimos hoy aquí en la iglesia para recordar y para rezar por nuestros difuntos y por todos los fieles difuntos. Lo hacemos con fe y con confianza, porque sabemos que Dios nos ama siempre y nos llena siempre de su amor. Por esto le podemos pedir, con el corazón lleno de paz, que tenga con Él para siempre a los familiares y amigos nuestros que han muerto, y también todos los difuntos, conocidos y desconocidos, hombres y mujeres de cualquier lugar del mundo, hermanos nuestros.

Este recuerdo y esta plegaria la hacemos en la celebración de la Eucaristía. Jesús se hace presente hoy en medio nuestro con su palabra y con su Cuerpo y su Sangre, que son alimento de vida eterna. Y nosotros nos unimos a Él y renovamos nuestra fe y nuestra esperanza.

El día de nuestra muerte es incierto

Todos sabemos el día que nacimos, pero no sabemos el día que moriremos. Algunas personas mueren jóvenes, otras ya tienen edad avanzada, pero todos tenemos el deseo de vivir para siempre.

Este deseo, Dios lo ha puesto en nuestro corazón.

Nuestra vida se puede comparar a la vida de los árboles, a los cuales en otoño le caen las hojas ya envejecidas. Parece como si la muerte les hubiera tragado; los frutos desaparecen. Pero después de un largo invierno, la primavera estalla y los llena de vida nueva exuberante; la esperanza renace y la vida se rehace y se multiplica.

En la vida de las personas ya adultas, en la mayoría, les caen los dientes y se las tienen que poner postizas; la vista disminuye y tienen que ponerse gafas; los cabellos se vuelven blancos o desaparecen. Aquella agilidad que tenían en la juventud desaparece y tienen que andar despacio y sin correr; y otras cosas más que podríamos añadir.

Jesucristo nos da esperanza

Cuando el corazón de una persona amada deja de latir, parece el fin de aquel que ha muerto. Parece que la persona está condenada a la destrucción total, pero nuestra fe en Jesucristo nos dice que la vida de la persona no acaba con la muerte, sino que está destinada a vivir eternamente en la presencia del Señor.

Recordamos aquellas palabras de Jesucristo: Yo soy la resurrección y la vida, quien cree en mi aunque muera vivirá, y todo el que vive y cree en mí, no morirá para siempre y aquellas otras: Yo soy el camino, la verdad y la vida.

La Reflexión de la fe va iluminando la mente y el corazón y vamos encontrando la serenidad que dan la esperanza y la certeza del amor incondicional de Dios, que no nos fallará.

Jesús resucitado es la garantía que la muerte nos abrirá las puertas de la vida eterna con Dios, a todos los hermanos y hermanas.

Será el momento de encuentro definitivo con la familia en la casa del Padre, donde viviremos plenamente la comunión de los Santos.

Sabemos que el Padre nos acogerá con los brazos abiertos y aunque, como el hijo pródigo, lleguemos a casa con los vestidos echados a perder y sucios, si nosotros aceptamos su abrazo, su amor nos revestirá de gracia y entraremos a su casa , que también es la nuestra.

Lecturas del Domingo 3 de Noviembre de 2019

(31ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 19, 1-10

Jesús entró en Jericó y atravesaba la ciudad. Allí vivía un hombre muy rico llamado Zaqueo, que era el jefe de los publicanos. Él quería ver quién era Jesús, pero no podía a causa de la multitud, porque era de baja estatura. Entonces se adelantó y subió a un sicomoro para poder verlo, porque iba a pasar por allí.

Al llegar a ese lugar, Jesús miró hacia arriba y le dijo: «Zaqueo, baja pronto, porque hoy tengo que alojarme en tu casa.» Zaqueo bajó rápidamente y lo recibió con alegría.

Al ver esto, todos murmuraban, diciendo: «Se ha ido a alojar en casa de un pecador.» Pero Zaqueo dijo resueltamente al Señor: «Señor, voy a dar la mitad de mis bienes a los pobres, y si he perjudicado a alguien, le daré cuatro veces más.» Y Jesús le dijo: «Hoy ha llegado la salvación a esta casa, ya que también este hombre es un hijo de Abraham, porque el Hijo del hombre vino a buscar y a salvar lo que estaba perdido.»

Reflexión

No sólo los pobres son marginados, lo son también muchos ricos esclavizados por la riqueza y acosados por la conciencia.

Zaqueo era muy rico pero estaba marginado por la gente porque era cobrador de impuestos.

Esto lo hacía ser un pecador público en aquella pequeña ciudad de Jericó.

Además era muy bajo., por eso se sube a un árbol para ver a Jesús.

Jesús alza los ojos y se hace invitar, y Zaqueo lo recibe contento.

Jesús hoy también quiere encontrarse con nosotros, y alojarse en nuestro hogar, con nuestra familia.

Zaqueo da el primer paso, busca encontrarse con Jesús, y nosotros también tenemos necesidad de dar el primer paso. Entonces el Señor se nos va a invitar hoy a nuestras casas. Nosotros, igual que Zaqueo, tenemos que disponer todo para servirle.

Cuando alguien recibe en su casa a quien más quiere, lo recibe con alegría, como Zaqueo a Jesús. Por eso en nuestro hogar, debemos experimentar la alegría de recibir a Jesús

Pero Zaqueo nos prueba que no bastan los buenos deseos para convertirse de veras a Dios. Hay que tomar decisiones y ponerlas en práctica.

Zaqueo había robado y promete devolver cuadruplicado a los que ha perjudicado, y del resto de los bienes dar la mitad a los pobres.

Zaqueo ha dicho sí al llamado de Jesús y ha recibido la salvación. En Zaqueo, surge un hombre nuevo y surge la necesidad de reparar el mal que se ha hecho.

Jesús también alcanza su salvación a los ricos, que muchas veces como Zaqueo, viven esclavizados por la injusticia. Allí también se necesita la salvación de Dios y Jesús la ofrece.

Tal vez nos sintamos un poco envidiosos de Zaqueo. Pero nosotros podemos recibir a Jesús en nuestra casa, gozar de su compañía, recibir sus consejos.

Cristo vienen a nosotros en la Sagrada Comunión y nosotros como Zaqueo tenemos que preparar nuestra casa para recibir bien al Señor.

Para preparar nuestra casa, recurramos frecuentemente a la oración, y a la lectura de la palabra de Dios, y por cierto, no desaprovechemos los sacramentos, que Cristo nos dejó para perfeccionar nuestra vida..., para preparar adecuadamente nuestra alma para hospedarlo.

Lecturas del Lunes 4 de Noviembre de 2019

(31ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 14, 12-14

Jesús dijo al que lo había invitado: «Cuando des un almuerzo o una cena, no invites a tus amigos, ni a tus hermanos, ni a tus parientes, ni a los vecinos ricos, no sea que ellos te inviten a su vez, y así tengas tu recompensa.

Al contrario, cuando des un banquete, invita a los pobres, a los lisiados, a los paralíticos, a los ciegos.

¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!»

Reflexión

Este pasaje del evangelio debe interpretarse en forma espiritual y no de una manera literal. La enseñanza principal que Jesús nos deja es que debemos hacer el bien a todos, sin esperar recompensas materiales, sino solamente la recompensa eterna en la resurrección de los justos.

A los cristianos no nos debe mover el egoísmo en nuestros actos. Si buscamos ser recompensados por nuestras obras, o si esperamos el elogio o la vanagloria, perdemos el mérito ante Dios. En cambio, si lo que nos mueve en nuestros actos buenos es el amor de Dios, nos espera la recompensa eterna.

En otra ocasión el Señor les dice también a sus discípulos: «Si aman a los que los aman, que mérito tienen, pues también los pecadores hacen lo mismo...» El amor al prójimo y la caridad van más allá, pues sobrepasan el plano natural de lo meramente humano: da por amor al Señor, sin esperar nada a cambio.

La imagen del banquete no se limita a los bienes materiales. Abarca todo lo que podemos ofrecer a otros: el aprecio, la alegría, el optimismo, la compañía, la atención.

Se cuenta que aún antes de estar bautizado, el Señor se le apareció en sueños a San Martín vestido con la mitad de la capa de oficial romano que un tiempo antes le había dado a un pobre. Jesús dijo: Martín, que solo es catecúmeno, me ha cubierto con este vestido. Entonces, el Santo recordó otras palabras de Jesús: «Cuantas veces hiciste eso a uno de mis hermanos más pequeños, a Mi me lo hiciste.»

San Pablo alentaba a los primeros cristianos a poner alegría en los actos de generosidad, pues el que ama a Dios da con alegría. A nadie le agrada recibir un servicio o un bien de mala gana o con tristeza. San Agustín decía: Si das el pan triste, el pan y el premio perdiste. En cambio, el Señor valora la entrega de quien da y se da por amor, con espontaneidad, sin interés ni cálculo.

Cada uno de nosotros podemos dar mucho a nuestro prójimo, y cooperar en obras de asistencia a los más necesitados. Podemos dar una colaboración económica, aunque sea poca. Pero más valor tiene si nuestra contribución es nuestro tiempo, nuestra compañía, nuestra preocupación por aquellos que lo necesitan. Se trata de poner al servicio de los demás los talentos que recibimos del Señor.

La generosidad y disposición hacia las necesidades del prójimo no solo las tenemos que poner en práctica en tareas y actividades programadas, en que ayudamos en forma constante, en la Parroquia, en la escuela, en el hospital...

También tenemos que aprovechar las múltiples oportunidades que todos los días se nos presentan, de situaciones y gente que requieren nuestra colaboración. En esos casos, a pesar de que se altere nuestra rutina y tengamos que dejar lo que estábamos haciendo, o postergar lo que teníamos planeado, debemos también, con alegría, prestar nuestra ayuda donde se necesita.

¡Feliz de ti, porque ellos no tienen cómo retribuirte, y así tendrás tu recompensa en la resurrección de los justos!, dice el Señor. Así como los padres no recuerdan constantemente a sus hijos lo mucho que hicieron por ellos, conviene que una vez que hicimos una buena obra la olvidemos, sin exigir nada a cambio a nuestro prójimo, ni que la hagamos pública para recibir una alabanza de los demás.

Pidamos a nuestra Madre, María, ella que entregó con generosidad su vida al Señor, que siempre nos enseñe a estar atentos a las necesidades de nuestro prójimo, por amor a su hijo Jesús, y que seamos generosos y desinteresados en nuestras ayudas y colaboraciones.

Lecturas del Martes 5 de Noviembre de 2019

(31ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 14, 15-24

En aquel tiempo: Uno de los invitados le dijo: «¡Feliz el que se siente a la mesa en el Reino de Dios!»

Jesús le respondió: «Un hombre preparó un gran banquete y convidó a mucha gente. A la hora de cenar, mandó a su sirviente que dijera a los invitados: Vengan, todo está preparado. Pero todos, sin excepción, empezaron a excusarse. El primero le dijo: Acabo de comprar un campo y tengo que ir a verlo. Te ruego me disculpes. El segundo dijo: He comprado cinco yuntas de bueyes y voy a probarlos. Te ruego me disculpes. Y un tercero respondió: Acabo de casarme y por esa razón no puedo ir.

A su regreso, el sirviente contó todo esto al dueño de casa, y este, irritado, le dijo: Recorre en seguida las plazas y las calles de la ciudad, y trae aquí a los pobres, a los lisiados, a los ciegos y a los paralíticos.

Volvió el sirviente y dijo: Señor, tus órdenes se han cumplido y aún sobra lugar.

El señor le respondió: Ve a los caminos y a lo largo de los cercos, e insiste a la gente para que entre, de manera que se llene mi casa. Porque les aseguro que ninguno de los que antes fueron invitados ha de probar mi cena.»

Reflexión

La parábola del Evangelio de hoy nos tiene que llegar muy de cerca a cada uno de nosotros.

La invitación ha sido hecha por Dios a todos los hombres de buena voluntad y de corazón limpio. El Señor ha demostrado su infinita generosidad, no limitándola a unos u otros.

Pero los cristianos, no hemos sido tan generosos en acudir a este banquete como el Padre celestial en invitarnos.

Son muchos, los que tantas veces, con pretextos fáciles nos excusamos de acudir a su invitación.

Tenemos tiempo para todo, menos para el espíritu. Cumplimos con nuestras obligaciones personales, laborales y sociales, estamos al día con todo y con todos, menos con Dios.

No tenemos tiempo para hacer oración. No tenemos tiempo para rezarle un rosario a la Virgen.

No tenemos tiempo para asistir a misa y comulgar.

No encontramos tiempo para hacer un rato de meditación de la palabra de Dios.

No tenemos tiempo para leer la palabra de Dios, aunque haya mucho tiempo para leer revistas de actualidad, o el diario. Aunque haya tiempo de mantener conversaciones vacías.

Aunque podamos pasar parte de nuestro día sentados frente a la televisión o la computadora o dedicados a protestar contra la política, la economía o cualquier otro tema similar.

El Evangelio de hoy nos llama la atención sobre estas actitudes, y nos pide que no rechacemos la invitación que el Señor nos hace.

Cuando nos entregamos desmedidamente a las cosas de la tierra, vamos perdiendo el gusto por las cosas del cielo. Y el Señor nos advierte que si despreciamos los dones de Dios y los bienes del Reino, nos serán quitados y no nos serán devueltos.

Quién de nosotros, si un día fuese personalmente invitado a comer un asado por un personaje importante, por el presidente o por otra autoridad política, dejaría de ir porque tiene que hacer un trabajito en su casa, o arreglar el jardín.

Sin embargo, cuantas veces, las razones que invocamos para dejar de ir a misa o para saltearnos la oración, son todavía mucho más intrascendentes que la de hacer un tarea en nuestro hogar.

Y la invitación del Señor a su banquete tiene un valor incomparablemente mayor que la de un asado, porque el dueño de casa que nos invita y los bienes que nos ofrece son infinitamente más altos que los que pueden ofrecer los hombres, por más poderosos que sean.

Vamos hoy a proponernos descubrir en nuestras vidas las invitaciones y los llamados que nos hace todos los días el Señor. Y vamos a pedirle a María, nuestra madre, que al momento de optar entre seguir a Jesús, o distraernos con cualquier otra actividad, seamos generosos, en la certeza que recibiremos del Señor mucho más que lo que le entregamos.

Lecturas del Miércoles 6 de Noviembre de 2019

(31ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 14, 25-33

Junto con Jesús iba un gran gentío, y él, dándose vuelta, les dijo: «Cualquiera que venga a mí y no me ame más que a su padre y a su madre, a su mujer y a sus hijos, a sus hermanos y hermanas, y hasta a su propia vida, no puede ser mi discípulo. El que no carga con su cruz y me sigue, no puede ser mi discípulo.

¿Quién de ustedes, si quiere edificar una torre, no se sienta primero a calcular los gastos, para ver si tiene con qué terminarla? No sea que una vez puestos los cimientos, no pueda acabar y todos los que lo vean se rían de él, diciendo: Este comenzó a edificar y no pudo terminar.

¿Y qué rey, cuando sale en campaña contra otro, no se sienta antes a considerar si con diez mil hombres puede enfrentar al que viene contra él con veinte mil? Por el contrario, mientras el otro rey está todavía lejos, envía una embajada para negociar la paz. De la misma manera, cualquiera de ustedes que no renuncie a todo lo que posee, no puede ser mi discípulo.»

Reflexión

Nos puede parecer que ser discípulo de Jesús no es algo difícil de ser deseado. La figura de Jesús se nos presenta atrayente por su santidad, su bondad. Tan humana y tan divina que no puede menos que impulsar el deseo de seguirlo.

Vemos hoy como incluso los jóvenes no cristianos se muestran seducidos por la personalidad de Jesús y la han propuesto como ideal.

Pero al verdadero discípulo de Jesús, tal como Él nos lo exige en el Evangelio, se le pide mucho más que una simple admiración o un reconocimiento de sus cualidades y de sus virtudes.

Seguir a Jesús de veras y de cerca, supone mucho. Por encima de todo debe estar el amor a Dios. En el Evangelio nos dice que debe superar el amor a nuestra familia e incluso a nosotros mismos. Jesús no rechaza el amor y las obligaciones con los padres, esposa e hijos, pero quien quiera seguirlo, debe subordinar todo y todos, a su seguimiento.

El Señor nos pide como requisito para seguirlo, que sepamos cargar la Cruz. Que aceptemos, por amor a Dios, llevar la Cruz de las contrariedades y las penas de todos los días. Que lo sigamos, no importa con los obstáculos con que nos encontremos, no importan los sufrimientos. E incluso no importa, si así nos los pide, dar nuestra vida como Jesús la dio por nosotros.

Con cada sufrimiento, con cada obstáculo, con cada dificultad, aceptados y ofrecidos con amor, nos unimos a Jesús y estamos colaborando con Él en la redención del mundo.

A esto se refiere el Señor, cuando nos habla de tomar nuestra cruz y seguirlo

Ser discípulo de Jesús, no es seguirlo un instante por entusiasmo. Decidirse a seguirlo necesita de Reflexión y oración, y de nuestra disposición de renunciar a todo por Jesús y su Evangelio.

Jesús nos dice a cada uno: Quien quiera ser mi discípulo que cargue con su cruz y me siga.

Sabemos que no es fácil seguirlo, pero tampoco es imposible. Jesús va delante y nos guía y nos ayuda a llevar nuestra cruz.

San Juan de la Cruz decía que el conocimiento de uno mismo es el primer paso que tiene que dar el alma para llegar al conocimiento de Dios. Hoy, el Señor nos invita a revisar nuestra vida para ver cómo estamos siguiendo a Jesús. Nos invita a mirar si acaso no estamos viviendo una religión cómoda.

En este caso, es el momento de decidirse a vivir el Evangelio, de volver a poner en el centro de nuestro cristianismo la Cruz de Cristo. Sin temor.

No nos desanimemos por el peso de la cruz, porque el Señor no nos va a dar una cruz que no podamos soportar. Antes, nos va a dar las fuerzas para llevarla. Junto al Señor, todo lo podemos. Con Él, podremos sobrellevar con alegría, incluso con buen humor, todas las dificultades.

Pidamos a María que nos enseñe a sacar fruto de todas las dificultades que nos toque padecer o que estamos hoy padeciendo en nuestra vida. Que sepamos llevarlas con sentido cristiano para crecer y progresar en el amor a nuestro Señor Jesucristo, y a su Cruz.

Lecturas del Jueves 7 de Noviembre de 2019

(31ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 15, 1-10

Todos los publicanos y pecadores se acercaban a Jesús para escucharlo. Los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: «Este hombre recibe a los pecadores y come con ellos.»

Jesús les dijo entonces esta parábola: «Si alguien tiene cien ovejas y pierde una, ¿no deja acaso las noventa y nueve en el campo y va a buscar la que se había perdido, hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, la carga sobre sus hombros, lleno de alegría, y al llegar a su casa llama a sus amigos y vecinos, y les dice: Alégrense conmigo, porque encontré la oveja que se me había perdido.

Les aseguro que, de la misma manera, habrá más alegría en el cielo por un solo pecador que se convierta, que por noventa y nueve justos que no necesitan convertirse.»

Y les dijo también: «Si una mujer tiene diez dracmas y pierde una, ¿no enciende acaso la lámpara, barre la casa y busca con cuidado hasta encontrarla? Y cuando la encuentra, llama a sus amigas y vecinas, y les dice: Alégrense conmigo, porque encontré la dracma que se me había perdido.

Les aseguro que, de la misma manera, se alegran los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierte.»

Reflexión

Las parábolas que leemos en el evangelio de la misa de hoy, junto con la del Hijo pródigo, constituyen las llamadas parábolas de la misericordia, que nos muestran que el amor y el interés de Dios por cada uno de nosotros. Jesús nunca abandona al hombre, ni aun cuando nos alejamos de sus caminos. En las tres parábolas, la enseñanza y la estructura es la misma: algo se pierde, una oveja, una moneda o un hijo, que es encontrado después de una intensa búsqueda, y entonces surge la alegría. Lo más importante de estas parábolas no es la historia de la oveja o de la moneda, sino la alegría del Señor cuando se produce el encuentro.

Como vemos, los dos casos parecen que nos dejan la misma enseñanza, pero cado uno tiene características particulares.

La oveja se ha perdido lejos del rebaño, en una región desierta. Corre el riesgo de caer en el precipicio o ser comida por los lobos. Su situación es grave y el Buen Pastor la rescata del peligro.

En cambio, el problema de la moneda extraviada es menor. Su valor es pequeño, y la dueña tiene todavía otras nueve. Además, se ha caído dentro de su casa. Seguramente se encontrará un día u otro. En realidad no se ha perdido, pero la mujer la quiere recuperar inmediatamente. Por el momento le falta.

Esto mismo es lo que hace el Señor con nosotros. Si bien no descansa hasta recuperar a quien se ha alejado del rebaño y corre riesgos graves, no es menor su preocupación por quien, sin haber abandonado del todo el camino, se le ha escapado de sus manos.

Cuando el evangelio nos habla de los pecadores que se convierten, debemos pensar que si no somos la oveja perdida, seguramente tengamos algo de la moneda perdida. Pensemos si no tendrá Jesús que estar buscándonos con insistencia, como la mujer buscaba a la moneda.

Dios nos busca. Ha enviado al mundo la Luz que ilumina al hombre. La pone ante nuestros ojos en cada momento con la palabra del Evangelio. «Quien me sigue -dice Jesús- no andará en tinieblas, sino que tendrá la luz de la vida».

La parábola de la moneda perdida nos muestra la preocupación del Señor por recuperarnos cada vez que nos alejamos aunque sea por un corto tiempo de sus manos.

Pidamos a María que cada vez que nos alejamos, nos dejemos encontrar rápidamente por el Señor y volvamos a estar más cerca de Él.

Lecturas del Viernes 8 de Noviembre de 2019

(31ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Lucas 16, 1-8

Jesús decía a sus discípulos:

«Había un hombre rico que tenía un administrador, al cual acusaron de malgastar sus bienes. Lo llamó y le dijo: ¿Qué es lo que me han contado de ti? Dame cuenta de tu administración, porque ya no ocuparás más ese puesto.

El administrador pensó entonces: ¿Qué voy a hacer ahora que mi señor me quita el cargo? ¿Cavar? No tengo fuerzas. ¿Pedir limosna? Me da vergüenza. ¡Ya sé lo que voy a hacer para que, al dejar el puesto, haya quienes me reciban en su casa!

Llamó uno por uno a los deudores de su señor y preguntó al primero: ¿Cuánto debes a mi señor? Veinte barriles de aceite, le respondió. El administrador le dijo: Toma tu recibo, siéntate en seguida, y anota diez.

Después preguntó a otro: Y tú, ¿cuánto debes? Cuatrocientos quintales de trigo, le respondió. El administrador le dijo: Toma tu recibo y anota trescientos.

Y el señor alabó a este administrador deshonesto, por haber obrado tan hábilmente. Porque los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz.»

Reflexión

San Lucas es el único evangelista que nos relata esta parábola.

El protagonista de la parábola es el mayordomo, el administrador.

Y cada uno de nosotros somos delante de Dios, precisamente eso, somos administradores.

Todo lo que poseemos: nuestros bienes materiales, nuestra riqueza intelectual, nuestra moral, los aspectos de nuestro carácter, nos fueron dados por Dios, y de todo eso, el Señor nos pedirá cuenta. Dios nos confía un montón de beneficios, pero no son nuestros, siguen perteneciéndoles a Dios.

Y nosotros, no tenemos derecho a malgastar los dones de Dios.

Él nos va a pedir cuentas de todo lo que nos dio.

Pero en esta parábola, cuando el patrón le pide al administrador cuentas de su conducta, el administrador rápida y astutamente, comienza a asegurar su futuro. Se preocupa por asegurar su futuro.

Y el Señor, aunque nos parezca muy extraño, alaba irónicamente el proceder de este administrador deshonesto.

¿Por qué?

Porque se esfuerza por asegurar su futuro.

El administrador infiel se las ingenia para resolver su situación futura de indigencia. El Señor dá por supuesta la inmoralidad de tal actuación que resulta evidente. En cambio, resalta y alaba la agudeza y el empeño que este hombre demuestra para sacar provecho en un aspecto material de su antigua condición de administrador.

Lo que Jesús nos enseña en esta parábola es que para la salvación de nuestras almas y para la propagación del Reino de Dios, apliquemos al menos la misma sagacidad y el mismo esfuerzo que el que ponen los hombres en sus negocios materiales, o en la lucha para hacer triunfar algún ideal humano.

El hecho de contar con la gracia de Dios no significa que no tengamos que poner todos los medios humanos honestos que sean posibles para que nuestras tareas de apostolado alcancen el mayor éxito.

En nuestras vidas, a lo mejor somos como el administrador deshonesto, ¨previsores¨, para las cosas del mundo.

Pero muchas veces, no ponemos ni la misma eficacia, ni la misma inteligencia, para asegurar nuestros asuntos espirituales.

Por eso el Señor nos dice a cada uno de nosotros con mucha dureza, que ¨los Hijos de este mundo¨ son más astutos para sus cosas que los ¨Hijos de la Luz¨

El Señor nos invita hoy, a través de esta parábola a poner todas nuestras cualidades humanas, todo nuestro ingenio,... al servicio del Reino.

Él nos invita a hacer en virtud de la luz, lo que otros hacen por el poder de las tinieblas. Nos invita a no quedarnos en los hermosos principios. Quiere que nos preocuparnos por ser eficaces en nuestra misión de colaborar en la construcción de su Reino.

Lecturas del Sábado 9 de Noviembre de 2019

(31ª Semana. Tiempo Ordinario)

+ Juan 2, 13-22

Se acercaba la Pascua de los judíos. Jesús subió a Jerusalén y encontró en el Templo a los vendedores de bueyes, ovejas y palomas y a los cambistas sentados delante de sus mesas. Hizo un látigo de cuerdas y los echó a todos del Templo, junto con sus ovejas y sus bueyes; desparramó las monedas de los cambistas, derribó sus mesas y dijo a los vendedores de palomas: «Saquen esto de aquí y no hagan de la casa de mi Padre una casa de comercio.»

Y sus discípulos recordaron las palabras de la Escritura: El celo por tu Casa me consumirá.

Entonces los judíos le preguntaron: «¿Qué signo nos das para obrar así?»

Jesús les respondió: «Destruyan este templo y en tres días lo volveré a levantar.»

Los judíos le dijeron: «Han sido necesarios cuarenta y seis años para construir este Templo, ¿y tú lo vas a levantar en tres días?»

Pero él se refería al templo de su cuerpo.

Por eso, cuando Jesús resucitó, sus discípulos recordaron que él había dicho esto, y creyeron en la Escritura y en la palabra que había pronunciado.

Reflexión

El apóstol San Pablo, en la epístola a los Corintios, nos compara a nosotros con el Templo de Dios, porque en nosotros habita también el Espíritu, y eso hace que nuestros cuerpos, así como el Templo sean sagrados.

Pero el Templo del Antiguo Testamento era solo un anticipo imperfecto de la realidad plena de la presencia de Dios que ocurre en cada una de las Iglesias y capillas con la institución de la Eucaristía.

Y en el pasaje del Evangelio vemos la indignación de Jesús al ver la situación en que se encontraba el Templo de Jerusalén, y la manera que expulsó de allí a los que vendían y compraban.

Hacía mucho tiempo que Moisés había dispuesto que nadie se presentase en el Templo sin nada que ofrecer. Para hacer más fácil este precepto a los que venían de lejos, se permitió que a la entrada del Templo, en atrio, hubiese un servicio de venta de animales para ser sacrificados y ofrecidos.

Y, con el correr de los años esto terminó siendo un verdadero mercado.

Lo que al principio empezó bien, había degenerado de tal forma que la intención de favorecer a los peregrinos se había vuelto un vil comercio.

El Templo dejó de ser un lugar de encuentro con Dios, para convertirse en una feria de ganado.

El Señor, al expulsar a los mercaderes del Templo, nos quiso inculcar cuál ha de ser la veneración y el comportamiento que se debe al Templo, por su carácter sagrado.

Mucho mayor habrá de ser nuestra actitud de respeto y devoción en nuestras Iglesias y Capillas donde se celebra la Eucaristía y donde Jesús, verdadero Dios y verdadero Hombre, está realmente presente en cuerpo y alma en el Sagrario.

Para un cristiano, la vestimenta, los gestos y las posturas litúrgicas, las genuflexiones ante el Sagrario, etc. son manifestaciones concretas del respeto debido al Señor en sus Templos.

El Papa Juan Pablo II señala la influencia que tuvo en él la piedad de su padre al hacer oración.

El Papa cuenta que «el simple hecho de verlo arrodillado frente al Sagrario tuvo una influencia decisiva en mis años de juventud».

San Lucas narra sobre este pasaje que Jesús, al expulsar a los mercaderes también les dijo: «Está escrito, Mi casa será una casa de oración». Con esa devoción debemos ir siempre a la Iglesia. A rezar, ... a encontrarnos con el Señor que está allí verdaderamente presente, esperándonos. .... A confiarle a Jesús, en el Sagrario, nuestras preocupaciones, nuestras esperanzas, nuestras dificultades.

 

  Rezar por nuestros difuntos, es una obra de misericordia

 

 

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Actividades de la Parroquia Nuestra Señora de la Asunción

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HOMILÍAS

  • VIVAMOS SIN MIEDO AL FUTURO

     

    El tema del fin del mundo ha estado siempre presente, de alguna manera, en la mente de los seres humanos. Basta con poner en cualquier buscador de internet el tema “fin del mundo” y saldrán miles de referencias. La Palabra de Dios, que la liturgia nos propone este domingo, nos invita a vivir sin miedo al futuro, confiando en la providencia de Dios.

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  • CAMINAMOS HACIA LA VIDA ETERNA

     

    El año litúrgico va llegando a su fin, y en estos tres últimos domingos reflexionaremos sobre la muerte, o el paso a una vida diferente. La palabra de Dios nos invita a reafirmar nuestra fe en la vida eterna, a creer en Jesucristo, porque él es camino, verdad y vida. La Iglesia, no pretende acorralar entre miedos y amenazas la libertad del ser humano, pero no calla sobre la suerte feliz o infeliz que a todos nos espera después de la muerte, en la casa del Padre, en la que Jesús nos espera.

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  • DOMINGO MUNDIAL DE LAS MISIONES 2019

     

    El Domund es una fecha en que, de un modo especial, la Iglesia universal reza por los misioneros y colabora con las misiones. Se celebra en todo el mundo el penúltimo domingo de octubre, el “mes de las misiones”. 

    La Iglesia tiene la tarea o misión de llevar el Evangelio a todo el mundo. Llamamos “las misiones” a los territorios donde esa misión está comenzando y por eso es necesaria la ayuda personal de los misioneros y la ayuda económica de la Iglesia universal.

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  • VETE EN PAZ TU FE TE HA SALVADO

     

    Las Lecturas de hoy nos hablan de dos sanaciones: una narrada en el Antiguo Testamento -la del leproso Naamán- y otra del Nuevo Testamento -la de los diez leprosos. Con motivo de estos textos es bueno referirnos a las maneras en que Dios puede sanar.  Vemos cómo en la Primera Lectura (2Re. 5, 14-17) el Profeta Eliseo pide al Naamán que vaya a bañarse siete veces en las aguas del río Jordán y, luego de hacerlo -dice la Escritura- “su carne quedó limpia como la de un niño”. 

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RELEVANTES

  • Tres pequeñas cosas para hacer la paz

       
    PAPA FRANCISCO
    MISAS MATUTINAS EN LA CAPILLA DE LA DOMUS SANCTAE MARTHAE
    Tres pequeñas cosas para hacer la paz
    Viernes, 26 de octubre de 2018 Fuente:  L’Osservatore Romano, ed. sem. en lengua española, n. 31, viernes 2 de agosto de 2019
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  •  Encíclica QUAS PRIMAS del Sumo Pontífice PÍO XI sobre la Fiesta de Cristo Rey

     

    Ha sido costumbre muy general y antigua llamar Rey a Jesucristo, en sentido metafórico, a causa del supremo grado de excelencia que posee y que le encumbra entre todas las cosas creadas. Así, se dice que reina en las inteligencias de los hombres, no tanto por el sublime y altísimo grado de su ciencia cuanto porque El es la Verdad y porque los hombres necesitan beber de El y recibir obedientemente la verdad

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  • ORACION POR LOS JÓVENES

    ¡Padre Santo! te pedimos por los jóvenes,
    que son la esperanza del mundo.

    No te pedimos que los saques de la corrupción
    sino que los preserves de ella.

    ¡Padre! No permitas que se dejen llevar

    por ideologías mezquinas.

    Que descubran que lo más importante
    no es ser más, tener más, poder más,
    sino servir más a los demás.

    ¡Padre! Enséñales la verdad que libera,
    que rompe las cadenas de la injusticia,
    que hace hombres y forja santos.

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  • LECTURAS 1-9 NOVIEMBRE

    Lecturas del Viernes 1 de Noviembre de 2019

    (30ª Semana. Tiempo Ordinario)

    + Mateo 5, 1-12

    Al ver a la multitud, Jesús subió a la montaña, se sentó, y sus discípulos se acercaron a él. Entonces tomó la palabra y comenzó a enseñarles, diciendo:

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